500 años. LOS VERDADEROS TLACUILOS

Por Alejandro Zenteno Chávez

A pocos días de los 500 años de la caída de Tenochtitlan, los debates en torno a este acontecimiento están vigentes. Llama la atención que en países como Estados Unidos e Inglaterra las esculturas de colonialistas y racistas se hayan venido abajo (en eventos donde ha participado población hispana, negra y blanca) mientras en México muchos historiadores o seudohistoriadores siguen preservando una mentalidad colonizada y pretenden sostener conceptos que por sí solos se están desmoronando.

Uno de estos “historiadores” que no deja de proferir sus puntos de vista sin aportar nuevos argumentos a la discusión es el camarada Arturo Moreno Baños, que firma como el Tlacuilo.



Ya anteriormente en su columna de un diario de Hidalgo el Tlacuilo ha manifestado sus prejuicios en torno al “despiadado imperio avasallador” que, según, él, fueron los mexicas. Lo pueril de su argumentación lo ha llevado a defender incluso a las monarquías europeas y a justificar los actos vandálicos cometidos por los aventureros que llevaron a cabo la invasión de nuestro territorio, bajo el pretexto de que actuaron en alianza con pueblos rivales del “imperio azteca” para ayudarlos en su “liberación” de la tiranía a las que estaban sometidos.

Para redundar en sus opiniones, en esta ocasión el opinador en cuestión se ha valido de los comentarios de un “colega” que presenta como “historiador, antropólogo e investigador mexicano especialista en temas de historia de Mesoamérica, la conquista de México y racismo en México”, quien, según él, “desafía la leyenda de una población prehispánica sometida a sangre y fuego por los conquistadores españoles”.

Para comenzar, esto de “leyenda de una población sometida a sangre y fuego” habla ya de la mentalidad colonialista de este “investigador” (Federico Navarrete Linares) que nos presenta el Tlacuilo. Las atrocidades cometidas no sólo durante el proceso de invasión sino durante los siglos de coloniaje están ampliamente documentadas. Resulta que las matanzas de Alvarado en el Templo Mayor, de Cortés en Cholula, de Nuño de Guzmán en la Nueva Galicia, de Pizarro en Perú; los exterminios de Colón en el Caribe y de tantos y tantos colonizadores son ahora una “leyenda”.


La “tergiversación” de la que habla el Tlacuilo en su primer párrafo, producto de “un chauvinismo que raya en el nacionalismo exacerbado, ridículo, ramplón y absurdo” más bien se aplica sí mismo. Podemos agregar a este despropósito, que él sostiene un chauvinismo que no le corresponde, pues se siente español sin ser español, y demuestra una mentalidad producto de una colonización que no sólo fue militar, política, económica sino ideológica. La confusión mental de este personaje se revela con su automote de “Tlacuilo”, de lo cual no tiene nada, pues ni es pintor ni las anécdotas que “pinta” revelan una cosmovisión como la que tenían los auténticos tlacuilos precuauhtémicos.


Pero vayamos por partes. Quien esto escribe también rechaza las posiciones de los fundamentalistas mexicatiahui, quienes buscan confrontar un fanatismo con otro fanatismo, y sin desear retornar a los sacrificios, como menciona el Tlacuilo en su “artículo”, suelen caer en posiciones absurdas, como la de que los sacrificios fueron una invención de los españoles o de que existía un nombre nahua para el territorio continental que hoy se llama América. Para ser justos, no todos los mexicatiahui sostienen estas posiciones: muchos de ellos son antropólogos, investigadores y profesionistas que expresan un respeto por los pueblos ancestrales cuya cultura, en su mayor parte, fue arrasada.


Los pueblos originarios de Mesoamérica eran muy ritualistas, como resultado de su aislamiento con otras grandes civilizaciones. Habían tenido un gran desarrollo en algunos aspectos tecnológicos y sociales, pero en otros estaban retrasados. En la industria militar, por ejemplo, la distancia era de cuando menos cuatro mil años, si tomamos como referencia la cueva del Tesoro, situada en Palestina, donde se rescataron espadas de bronce datadas en 3,000 a. C. El pensamiento nahua y de otros pueblos era fundamentalmente simbólico, lo que explica la presencia de sacrificios, como se ha dado en gran parte de las culturas (hebreos, griegos, romanos, celtas, cartagineses, vikingos…). Los sacrificios estaban basados en rituales mágico-religiosos, pero jamás fueron multitudinarios, como exageró Cortés para justificar sus propias atrocidades.


Es creíble que Cortés haya contemplado algunas ceremonias de sacrificio, lo que le produjo horror de inmediato. Pero después, seguramente, pensó que tales actos le servirían para cumplir sus fines.


Pablo Moctezuma Barragán nos describe claramente esta situación:


“Hernán Cortés no pudo ser objetivo ni veraz al escribirle al rey puesto que buscaba congraciarse con él y con su corte. Como es sabido, Cortés huía del virrey de Cuba, se había robado los barcos y emprendido la Conquista de México contra la voluntad del virrey Diego de Velázquez, ya que tenía que reivindicarse ante los ojos del rey. Por otra parte, venía de un mundo con costumbres absolutamente distintas a las de los anahuakas, por lo que no podía entender ni interpretar de forma correcta las actitudes de los mexhikas ni los acontecimientos en que se vio envuelto y de los que fue protagonista."


“Él no podía presentarse ante el rey como un ladrón, por lo que en sus Cartas de Relación le hablaba de ‘rescatar’ el oro como si por derecho le perteneciese. A él le convenía informar al rey que sus nuevos súbditos se habían sometido voluntaria y gustosamente a los españoles. Como no entendía de la diplomacia de los mexicanos, pintaba a Moktezuma como un cobarde. ¿Cómo iba a confesar la forma traicionera con que engañó a sus víctimas? Cortés proyectaba en los anahuakas su propia visión del mundo. Para justificar la guerra sin cuartel que desató contra los mexhikas, tenía que presentarlos como unos tiranos, opresores y salvajes a los que había que dominar y ‘civilizar’, y el producto de sus latrocinios debía interpretarse como dádivas voluntarias de quienes fueron saqueados, y ser descritos a su vez como insaciables saqueadores de los pueblos que dominaban.”


Los mexicas, y en sí, todos los nahuas, no eran como los monjes tibetanos, pacifistas en busca de la iluminación. Eran guerreros y provenían de las tribus chichimecas del norte. Hacían la guerra, efectivamente, para expandir su hegemonía y recaudar tributos. Pero no era un imperio a la manera de los de Europa o Asia. Su crecimiento se desarrolló a través de alianzas, y más que imperio era una confederación de señoríos con una organización social basada en la propiedad comunal, el calpulli. Antes que Tenochtitlan, Azcapotzalco tuvo la hegemonía de la Cuenca de Anáhuac; incluso la relación con Tezozomoc fue de subordinación y respeto, hasta que a la muerte de éste, Maxtla comenzó a hostilizarlos, por lo que se formó la Triple Alianza de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan.


El tributo era el impuesto de aquel entonces. Muchos pueblos preferían pagarlo a sufrir las consecuencias; a cambio de ello, se incorporaban a una red de comercio y contaban con la protección militar ante la agresión de vecinos rivales. Es obvio que no todos los pueblos, sobre todo los más fuertes, aceptaban los términos, y por consecuencia, el choque militar era inminente. Purépechas y tlaxcaltecas fueron independientes hasta tiempos de la llamada conquista. Con los tlaxcaltecas se establecieron, por acuerdo mutuo, las guerras floridas, donde se buscaba tomar cautivos para ofrecerlos en sacrificio, lo que hacían tanto tenochcas como tlaxcaltecas. La ceremonia era tan solemne que cuando se capturaba un Tlacatécatl (jefe de águilas o de jaguares) se le daba la oportunidad del sacrificio gladiatorio. Así pasó con Tlahuicole, guerrero otomí capturado en una guerra florida, que mató incontables rivales sobre el Temalácatl, fue indultado, se le concedió el privilegio de encabezar una guerra contra Michoacán, regresó, se le dio libertad, pero él prefirió morir peleando sobre la piedra de los sacrificios.


Es lógico suponer que, como en toda sociedad humana, hubo injusticias, pero éstas no justifican el arrasamiento general que se dio con motivo, primero, de la invasión, y después con la Encomienda, la explotación desmedida de indígenas y negros, tanto en la minería como en la zafra, y con la imposición a sangre y fuego del llamado Santo Oficio. Con los españoles pasó algo similar que con los romanos: En el siglo I a. C. se suprimieron los sacrificios humanos por considerarlos expresión de salvajismo, pero se creó la fiesta de los gladiadores, donde el sentido ritual y religioso de la violencia se cambió por un disfrute lúdico de la muerte y el sufrimiento para gozo de los emperadores y la plebe. Con los españoles se suprimieron los sacrificios, pero se perfeccionaron los instrumentos de tortura donde se hacía sufrir a los prisioneros acusados de hechicería durante días, semanas o meses antes de enviarlos a la hoguera.


Españoles, portugueses y sus herederos ideológicos, como este tipo de “historiadores” que reclaman incluso que la estatua de Colón regrese al lugar donde se encontraba, no te hablan, procuran evitarlo, de los crímenes del Santo Oficio. Es una “leyenda”, dice el tal Federico Navarrete, la dominación a sangre y fuego. Entonces tales instrumentos que podemos apreciar en el Museo de la Inquisición, situado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, son meros caprichos de artesanos.


Se habla, y se ha dicho mil veces, que los tlaxcaltecas no fueron traidores y que, tras el triunfo sobre Tenochtitlan, tuvieron especiales prerrogativas. Incluso Xochitiotzin, en el muro situado en el descanso de la escalinata del Palacio de Gobierno de Tlaxcala, plasmó los estandartes que los españoles les otorgaron a los tlaxcaltecas. ¿Pero de qué les sirvió? Vayan a Tlaxcala, la ciudad, y díganme si aún se preserva una zona arqueológica en sus inmediaciones. Toda la piedra de sus teocallis fue utilizada para construir iglesias católicas. Hay que desplazarse a zonas alejadas, como Cacaxtla, para encontrar algo, pues afortunadamente estaba deshabitada en aquel entonces; de lo contrario, hubiera sido destruida. Eso de que “adoptaron voluntariamente la religión católica” sólo un ingenuo se lo puede creer. Fingieron adoptarla para conseguir la alianza con los cristianos que les permitiría derrotar a sus enemigos tenochcas, pero la imposición del rito católico fue general y para quien no estuviera de acuerdo estaba la Inquisición o la hoguera. Y tal y como en España quemaron miles de mujeres acusadas de brujería, lo mismo hicieron en Mesoamérica. No sólo los códices fueron quemados por Landa en Yucatán y por Zumárraga en los restos de Tenochtitlan: también muchísimas personas acusadas de “idolatría”.


Sé que hay mucha gente que no le gusta la manera en que toco estos temas, sobre todo aquellos que se sienten con sangre española, y sostienen que a lo largo de estos años he incubado un odio hacia lo hispano. Permítanme decepcionarlos. No soy antiespañol, sino anticolonialista y anticapitalista. Esto ya lo había dicho en mi ensayo “Se abre la polémica”. Y reitero lo que dije aquel entonces, de que siento mucho más entrañable a Miguel Hernández que a todos los Contemporáneos, sin negar la calidad de éstos. Porque el pueblo español, después de la expoliación del oro y la plata de todo nuestro continente, a pesar de ese enorme saqueo (que aún continúa), el pueblo español siguió siendo pobre, y en el intento de liberación iniciado en 1936 terminó aplastado con la ayuda de las botas nazis y fascistas.

En efecto, se ha realizado un mestizaje racial y cultural; tenemos una raíz fundamental de pueblos originarios, de remoto origen asiático, mezclada con sangre europea y sangre africana. No somos resultado de la fusión de dos culturas, como dice el Tlacuilo, sino de tres raíces: la amerindia, la europea y la africana. Pero aceptar este mestizaje no implica ocultar las atrocidades cometidas primero por los colonialistas católicos y después por los imperialistas anglosajones. Injusticias, crímenes y explotación que se continúan cometiendo no sólo con los pueblos originarios sino con la clase trabajadora y los migrantes. Es necesario estudiar la historia para comprender lo que está sucediendo actualmente y hacia qué rumbo nos lleva, en el caso de México, el capitalismo dependiente que seguimos padeciendo.

En cuanto al Tlacuilo y su colega, no me sorprende que haya gente que siga pensando así. El coloniaje mental es mucho más difícil de librar que el coloniaje económico y político. Mucha gente es incapaz de hacer una evaluación sobre sí misma. Y si a esa incapacidad de autoevaluación se suma la soberbia, el sentirse “historiador” profesional con capacidad para descalificar a cualquiera desde su columna edificada con su propia altivez, es un caso que no tiene remedio. Ojalá este compa tuviera la sencillez y la humildad de fray Bartolomé de las Casas al reconocer que estaba en un error y convertirse, con el transcurso del tiempo, en el mayor enemigo de los esclavistas que secuestraron millones de africanos para traerlos a nuestro continente y sufrir un trato peor que el de animales.


Este 13 de agosto se cumple un ciclo de 500 años, y se inicia otro que nos corresponde a nosotros asumir. Tenemos que librar la mayor batalla en el campo de las ideas, contra los prejuicios raciales y clasistas, el neocolonialismo mental y el eurocentrismo; por eso, el día 13 reivindicaremos a nuestras culturas aplastadas, homenajearemos a un filósofo recién desaparecido (Juan José Bautista Segales) y sostendremos en alto el estandarte de Cuitláhuac y el de Cuauhtémoc. Música, teatro, poesía en voz alta y al rojo vivo acompañarán esta celebración de 500 años de lucha por la Dignidad y la Soberanía.


Tenochtitlan emerge. Verdaderos tlacuilos están de nuestra parte, caminan junto a nosotros. Ya me informaron del arribo de camaradas de Oaxaca y están por llegar los de Michoacán.


Con sinceridad y convicción: AZCH

PD. En cuanto a la petición de perdón del presidente Andrés Manuel López Obrador al gobierno de España hay que destacar la declaración emitida por el gobierno autónomo de Cataluña que afirmó: “…tengamos claro que la conquista y la colonización introdujeron una discriminación y una marginación” a los pueblos originarios. Por desgracia, la declaración completa ya ha sido borrada en YouTube.