Agricultura sostenible y soberanía alimentaria.

Rocío Luna


Nuestra madre naturaleza ha presentado una mayor variabilidad climática, reflejándose con diversos desastres naturales, que al pasar los años se presentan con mayor ocurrencia e intensidad, existen datos importantes que lo respaldan como es el aumento de temperatura en la tierra.



Estas consecuencias impactan en todos los sectores de distinta forma, pero el sector agrícola posee un impacto mayor al convertirse en el mayor responsable de proveer a la humanidad de alimentos.


Esto se refleja en los drásticos cambios que ha experimentado la agricultura como: la modificación de la capacidad de producción de la agricultura, su localización e intensidad. La importancia de realizar acciones urgentes para contrarrestar este impacto, radica en la afectación de las condiciones de vida en territorios rurales y en el resguardo de nuestra seguridad alimentaria y nutricional.


La agricultura y la vida rural tienen una relación compleja y de doble vía con el cambio climático, puesto que, la agricultura se considera parte del problema y a la vez parte de la solución. Es decir, el sector agrícola juega un papel crítico, colocándolo como un sector muy vulnerable, pero al mismo tiempo con potencial para mitigar el impacto. Posee el poder de contribuir a reducir o aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero, influyendo en el impacto del calentamiento global.


El 25 de septiembre de 2015, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, proyecto que tiene como meta “ofrecer un mundo más justo, próspero, pacífico y sostenible, en el que nadie se quede atrás”.


De los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) estipulados en el pacto, ocho están directamente relacionados con la agricultura; 193 países miembros de las Naciones Unidas -entre ellos México- se comprometieron a cumplirlos teniendo como fecha límite el 2030.

Además de la participación gubernamental, el sector privado es un actor fundamental para el cumplimiento del pacto global, ya que las acciones locales que deriven de la alineación correcta de políticas y prácticas empresariales contribuirán directamente con el cumplimiento de los objetivos globales.


Si bien los ODS son de carácter global, tienen su principal foco en regiones que se encuentran en vía de desarrollo como es el caso de América Latina y el Caribe; en esta zona la agricultura contribuye entre un 4% y 8% al PIB de cada país. En el caso particular de México, el sector agrícola alcanzó un máximo histórico del 8% durante la última década.

Dado el impacto que tienen las actividades agrícolas en la región, se convierte en una tarea fundamental adaptar e incorporar a las cadenas productivas la visión de la Agenda 2030.

Tomando en cuenta los acuerdos internacionales que se han firmado tanto por México por otros esta es una gran oportunidad para darle fuerza al campo ya que las tendencias estadísticas están forzando a México a pensar y gestionar el campo a partir de una visión centrada en la soberanía alimentaria.


A lo largo de tres décadas se ha desmantelado la capacidad del país para producir sus propios alimentos, con el objetivo de favorecer las importaciones y de las corporaciones agroalimentarias nacionales y extranjeras, provocando una competencia desleal a los productores nacionales, una caída en la rentabilidad y un crecimiento sostenido en la pobreza, migración, deterioro del entorno natural, carestía, hambre, desnutrición, obesidad y sobrepeso.


Es muy claro que nuestro país sufre una condición de inseguridad y vulnerabilidad alimentaria sin precedentes y que se va hacer notoria es estos tiempos de Covid-19 y la crisis económica que se comienza.


Importamos más del 40% de los alimentos que consumimos en el país. De no cambiar la tendencia observada desde 1982 a la fecha, de acuerdo con el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, para el 2030 el 80% de los alimentos vendrán del exterior. Ello, en un contexto internacional caracterizado por el incremento de los precios agrícolas, la volatilidad de los mercados, la utilización de alimentos para combustibles, la especulación financiera en los mercados agrícolas, el crecimiento demográfico mundial y los impactos negativos del cambio climático global en la producción y reservas mundiales de alimentos.


Es insostenible continuar con el modelo de dependencia alimentaria y soberanía de los mercados. México requiere cambiar de modelo y garantizar la seguridad y la soberanía alimentaria del país en general, y en especial, de las comunidades rurales y los pequeños y medianos productores del campo. Podemos producir los alimentos que consumimos: alimentos campesinos, sustentables, saludables.


El campo y el país necesitan un cambio verdadero, de fondo. Es importante rechazar las falsas soluciones tales como: a) más exclusión de los pequeños y medianos productores; b) más importaciones; c) el uso de transgénicos; d) mayor concentración de tierra, agua, crédito y subsidios en pocas manos; e) mayor intensificación extractivista y dependiente de más agua y petróleo; e) biocombustibles con alimentos y utilizando tierras aptas para el cultivo de básicos; y, f) más monopolios.


En conclusión, urge un nuevo modelo en México para analizar la soberanía alimentaria que está basado en la agricultura sostenible esto va a ser la puerta para garantizar un mundo más justo, próspero, pacífico y sostenible, en el que nadie se quede atrás” cómo lo plantean los objetivos del acuerdo para el 2030.


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