HAITÍ

Alejandra Ávila

Desde su colonización hasta hoy, Haití ha sido un país azotado por males tanto estructurales como naturales. Su único triunfo fue la revolución de esclavos que lo llevó a la independencia: a partir de ahí, el país caribeño ha sido presa de catástrofes naturales, epidemias, golpes de Estado y dictaduras, así como, una deuda impagable; dinámicas económicas y políticas de un mundo que no estaba dispuesto a perdonar la precoz rebeldía de los haitianos.


El silencio acompaña a Haití. Siempre planea sobre este país, que ocupa la parte occidental de una isla compartida con República Dominicana y que es el más pobre de América; solo los vientos de los huracanes o los temblores de los terremotos parecen ser capaces de sacudirlo. Empaña todas las revueltas de las que el testarudo país ha sido capaz, desde su olvidada y precoz revolución de 1791, que le otorgó la independencia, hasta las continuas protestas que lo sacuden hoy en día.

Poco se sabe de los pobladores originarios de Haití, los taínos, además de que vivían bajo un sistema de cacicazgos y que llamaban a su isla “Quisqueya”. Según el testimonio dejado por Bartolomé de las Casas en 1552, apenas sesenta años después de que se instalara en la isla el primer asentamiento permanente de los españoles, los taínos ya estaban sometidos a su orden: “murieron ellos en las minas, de trabajos y hambre; y ellas en las estancias o granjas, de lo mismo, así se acabaron tal multitud de gente en aquella isla”.

El exterminio de los taínos provocó que la isla de Santo Domingo, como fue bautizada más tarde, fuera uno de los principales puntos de recepción de esclavos del Caribe. Primero bajo dominio español, los bosques de Haití empezaron a convertirse en campos. Años más tarde, cuando la Corona perdió interés en Santo Domingo para seguir con su búsqueda de oro en otros lugares de América Latina, cedieron a Francia el oeste de la isla en 1697: por aquel entonces, la colonia producía hasta el 60% del café y el 40% del azúcar que se consumía en Europa. Durante una década a finales del siglo XVIII, Haití representaba un tercio del comercio esclavista de todo el Atlántico.

Solo dos años después de la famosa toma de la Bastilla, en 1791, Haití empezó su propia guerra de la independencia liderada por los mismos esclavos. Duró trece años y castigó duramente tanto a la población como al territorio de la isla, pero finalmente Haití declaró la independencia en 1804: era el primer país de América Latina en independizarse y la primera república negra en constituirse en un mundo donde la esclavitud aún estaba vigente. Pero las consecuencias de haber ganado la guerra fueron devastadoras para Haití.

La comunidad internacional lo condenó al ostracismo. Por ejemplo, Estados Unidos no lo reconoció como país hasta seis décadas después, bajo la presidencia de Abraham Lincoln, cuando los norteamericanos abolieron la esclavitud. Francia, que nunca supo perdonar, le impuso una deuda millonaria que Haití terminó de pagar más de un siglo después. Y el lugar prominente en los libros de historia que le tocaba al primer país latinoamericano independiente y la primera revolución de esclavos exitosa de la era moderna le fue arrebatado para hundir al incómodo Haití, una vez más, en el silencio. nación marcada por una interminable historia de inestabilidad política, social y económica.

De acuerdo con Filippova, la controversia sobre el final del mandato de Moïse y su polémica reforma constitucional han sido la "gota que colmó el vaso" de un proceso que tuvo sus raíces en el propio proceso electoral.

"Es un escenario que es más complicado que la fecha del fin del mandato, si tenemos en cuenta que el presidente Moïse fue electo por unos 600.000 votos en un país de 11 millones de habitantes", dice.

Luego, desde que tomó el poder, ha habido fuertes acusaciones de corrupción, de que el gobierno no solo ha fallado en proteger a la población de la violencia, sino que también ha sido cómplice en ciertos actos violentos", señala.

"También ha sido muy cuestionado por las formas en las que ha reprimido las protestas en su contra y la forma en la que ha fallado en contener el crimen y los secuestros, que han aumentado más de un 200% durante su gobierno", dice.

Robert Fatton, profesor de la Universidad de Virginia, en EE. UU., señala que otro de los elementos que más ha hecho sonar las alarmas en la nación caribeña es "la forma en la que el presidente ha ido consolidando el poder".

En enero de 2020, Moïse disolvió el Parlamento y desde entonces ha gobernado Haití por decreto.

"No hay Parlamento, no hay primer ministro, entonces nos encontramos con una situación en la que Moïse es el único y exclusivo poder en el país en este momento", dice el también el autor del libro "Haiti's Predatory Republic: The Unending Transition to Democracy" (2002) ("La República depredadora de Haití: la interminable transición a la democracia").

La Constitución haitiana establece que la duración de un gobierno es de cinco años y que el cambio de poder debe efectuarse el 7 de febrero, el día del aniversario del fin de la dictadura.

"En la práctica, en Haití, todas las elecciones, sin excepción, desde el fin del régimen de Duvalier, han creado graves crisis sociales, por lo que, en lo que en lo que se resuelven las disputas, se celebran segundas vueltas o se repiten las elecciones, ya ha pasado la fecha que la Constitución establece", indica.

De acuerdo con el académico, la actual situación de inestabilidad política en Haití no puede verse fuera del contexto de pobreza, desigualdad e interferencia de poderes extranjeros que ha vivido el país a lo largo de su historia. "Esta polarización social y la inestabilidad en general son parte del tejido de Haití y no creo que vaya a haber una solución a mediano plazo. Si agregamos los problemas generados por el covid-19 y que la economía ya estaba destrozada, es fácil augurar que nos dirigimos a muchas más protestas y a una peligrosa inestabilidad social y política".