URGE LA RENOVACIÓN DEMOCRÁTICA

Pablo Moctezuma Barragán

Es urgente impulsar la demanda de la renovación democrática que lleve a un nuevo sistema político y electoral en el que se garantice que se ejerza la voluntad popular. Analizando los vicios del sistema actual y cómo opera contra la Cuarta Transformación y a favor del PRIAN y la oligarquía proyanqui, y sus satélites, y de cara a las elecciones de 2021, es menester plantear las soluciones requeridas para garantizar elecciones libres y auténticas, así como equidad y limpieza en los procesos. Que todos los poderes: el Ejecutivo, Legislativo, los Estados y Municipios, el poder Judicial y también los medios de información estén al servicio de los intereses de la población y del país. Con autonomía, pero sin dañar a México y a su pueblo.



Es escandalosa la forma en que usando instituciones quieren dividir al país, atacar su transformación, volver al viejo régimen, y que en situación de emergencia distintos representantes y poderes golpeen al gobierno en lugar de combatir la pandemia.


Se necesitan instituciones, en las que se resuelvan las contradicciones sin crear un clima de caos y tensión con funcionarios que estén al servicio de la soberanía popular y nacional.

Es preciso detectar los factores que invalidan la elección libre, auténtica y equitativa y proponer las medidas para establecer la democracia genuina en interés del pueblo. Prohibir guerra sucia, anuncios, regalos, promesas sin sustento. Combatir el ataque sistemático a todo lo que signifique un nuevo régimen y una necesaria transformación.

Es necesario encontrar las propuestas de solución para que éstas se conviertan en una exigencia popular, con la certeza de que sólo la amplia movilización activa de millones de mexicanos en todo el país puede hacer triunfar la voluntad popular.


Estamos en pleno siglo XXI y necesitamos una democracia moderna que garantice la soberanía. Es hora de la transformación profunda que necesita México. Vamos a organizarnos para encontrar la salida y a impulsar la resistencia unificada, un frente que lleve a que el pueblo tenga el poder y en sus representantes democráticamente electos.


Para ello necesitamos analizar el mecanismo que emplea la mafia con el que las cúpulas secuestran el poder de decisión, y proponer soluciones a este problema que lleve a candidaturas auténticamente populares, campañas equitativas, elección no sólo de representantes sino de proyectos y el necesario control sobre los representantes populares ya en el poder.


La “democracia al estilo estadunidense” es una falsa democracia. Necesitamos un sistema político y electoral que lleve a la renovación democrática: que la decisión recaiga en manos de los electores para que el pueblo mande. Que el futuro rumbo del país se decida democráticamente.


A fines del Siglo XX, la dictadura de las grandes corporaciones en México a través de solamente un partido ya no funcionaba, el PRI-gobierno estaba agotado, así que se ejecutó el modelo clásico de la “democracia estadunidense” con dos partidos alternándose en el poder, para servir a un solo amo: el gran capital.


Así comenzó a funcionar el PRIAN. Fue derrotado en toda la línea en julio de 2018, pero todavía tienen la carta del “sistema de partidos” impuesto por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional como la única forma de gobierno democrático.


Hoy estamos viendo que los perdedores se unen en el Congreso, en Estados de la República, municipios, en el sistema judicial, en diversas instituciones para impedir que avance la Cuarta Transformación y que están detrás de provocaciones, fragmentación, confusión y engaño.

De cara a las elecciones de 2021, los conservadores, la oligarquía, las grandes corporaciones quieren y van a hacer de todo para volver al viejo régimen.


Se da una lucha aguda por revertir la Cuarta Transformación. De cara a esas elecciones cruciales hemos de avanzar para lograr que éstas se desarrollen de forma que le convenga a la sociedad y la Nación y no a grupúsculos de interés, patrocinados por el extranjero.

Luego de siglos de lucha populares, la humanidad aspira, en este siglo, a vivir en una democracia donde el pueblo decida su destino. Por eso el sistema imperialista aparenta defender la “democracia” –que es puramente formal– y hasta agrede y ocupa otros países en supuesta “defensa de la democracia”.


El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional impulsan el “sistema de partidos”, que presentan como la materialización de la democracia, expresada en el pluripartidismo y la alternancia de los partidos en el poder. Tras la fachada democrática, impera la dictadura del gran capital. Eso no es democracia para nada.


De hecho, el país del Norte que vende la idea de la “democracia” y los “derechos humanos” está demostrando ser un régimen autoritario, brutal, imperialista y caótico. Su modelo ha fracasado claramente a la vista del mundo entero, la decadencia de las instituciones de Estados Unidos es visible.


Hace falta la renovación democrática que haga efectiva la soberanía popular. Una elección democrática comienza por la selección democrática de los candidatos. Actualmente, a éstos los eligen las cúpulas partidarias y sirven a las mafias políticas y no a los electores. Es preciso dejar de financiar a los partidos políticos –que se han convertido en verdaderas franquicias– para ocupar ese dinero en financiar un sistema electoral en el que sean los propios electores quienes seleccionen a los candidatos en los centros de trabajo, estudio, vivienda, y así nos representarán los y las mexicanas comprometidos con su comunidad y el país, y no con los de “arriba”.


Los militantes de los partidos que aspiren a los puestos de representación pueden ganar la candidatura realizando labor a favor de su comunidad y ser seleccionados por ésta, y no por la cúpula de su partido. Teóricamente, los partidos tienen la misión de llevar su proyecto político a la sociedad, con trabajo y compromiso y no por dinero; pero actualmente hay un verdadero “mercadeo” partidario.


Es común que los políticos salten de uno a otro partido por intereses mezquinos. Últimamente vivimos el escándalo de la senadora Lilly Téllez electa por Morena y que se pasó al PAN. No se la eligió para eso. Además, surge la cuestión: ¡¿Por qué se seleccionó a una candidata de su perfil para un puesto tan importante como el senado de la República?! ¿Quién y porqué la seleccionó a ella?!


Debe ser el elector quien seleccione a los candidatos para dar cumplimiento al derecho constitucional de “votar y ser votados”, que es negado por el actual monopolio de los partidos para presentar candidatos. La selección de candidatos por los electores tiene la ventaja de escoger a quien conozcamos directamente y no a las “imágenes” que nos “venden” los medios, ocultando los intereses que representan. La selección debe darse a partir de las comunidades organizadas de vivienda, trabajo, estudio, a partir de la gente que conoce a las personas con las que conviven. No se debe financiar a los partidos, sí a un sistema que permita que un ejército de trabajadores sociales apoye a los colectivos a expresar y formalizar sus propuestas y selección de candidatos. Los miembros de los partidos no le deberán “el puesto” a las cúpulas, amigos, compadres, socios, sino a sus comunidades. Y su compromiso será con ellas. Los militantes de partidos que hagan un muy buen trabajo seguramente serán propuestos democráticamente por la gente, mas no serán designados por “dedazo” por los máximos líderes.


Los candidatos seleccionados por los electores han de competir equitativamente, con tiempos iguales en medios y espacios públicos para el debate y la propuesta, excluyendo los anuncios, los spots, la compra de voto y la guerra sucia. Actualmente, las elecciones se ganan con dinero, los espacios y los electores se compran. Por eso las elecciones democráticas han de ser plenamente equitativas e implican la democratización de los medios de comunicación. Así podrán representarnos los y las mexicanas comprometidos y con reconocimiento de los votantes y no los candidatos de dedazo y con lana apoyados por los medios monopolizados.

Los representantes serán electos con base en el programa impulsado en su campaña, y estarán mandatados por los electores. Actualmente, en la campaña prometen una cosa y ya en el poder hacen lo contrario. Hoy son electos por un partido y mañana se pueden ir a otro con intereses antagónicos.


En 2009, los diputados del PRI y el PAN dijeron que no subirían los impuestos y fue lo primero que hicieron. ¡Basta de darles un cheque en blanco a los funcionarios! que imponen políticas que nunca propusieron en sus campañas: Salinas no habló de meternos al Tratado de Libre Comercio ni Zedillo, de rescatar a los bancos y venderlos al extranjero; Fox nunca insinuó que nos integraría a la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte; Calderón ocultó su proyecto de privatizar Petróleos Mexicanos e integrarnos militarmente a Estados Unidos con el Plan Mérida y la “alianza estratégica”. Así que es necesario que los representantes sean mandatados para desarrollar el programa definido y decidido en las elecciones y que exista la revocación del mandato para quien no cumpla.


Dice la Constitución en su artículo 39: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.


Es hora de cambiar la forma de gobierno; transformar el sistema político actual para impulsar la renovación democrática en México. Claro que, en 2012, 2006, en 1988 el sistema operó para mantener la dictadura de las grandes corporaciones a través del PRIAN. La gran movilización de 30 millones de mexicanos logró destruir al gobierno prianista en 2018 y llevar al poder a un presidente comprometido con la transformación. Pero una persona o un partido solos no van a lograr derrotar intereses muy potentes, esto solo lo puede lograr una sociedad de ciudadanos conscientes y organizados en sus lugares de trabajo, estudio y vivienda los que decidan, impulsen y logren la transformación del país. Solo la fuerza del pueblo puede derrotar a la fuerza de las corporaciones, solo así puede triunfar su soberanía.


La soberanía es la expresión del poder popular que se construye del nivel local al regional y nacional, de abajo para arriba. El gobierno federal debe desarrollar el proyecto y unificar los esfuerzos y recursos para materializar las decisiones del pueblo, su unidad y el desarrollo integral y multilateral del país.


Así, la soberanía parte de la soberanía local, en la que la gente de cada lugar tiene el control de su entorno, riquezas, medio ambiente, y materializa sus derechos en su lugar de origen. Educación, salud, empleo, acceso a los medios de comunicación han de obtenerse en cada municipio y región del país, eliminando así la migración masiva y el desarrollo de pocos polos a costa del abandono y la miseria de regiones enteras.


Cada localidad tiene su propia vocación económica y el gobierno central debe invertir en el impulso del desarrollo de cada lugar para que florezca cada rincón del país. A su vez, la soberanía en México está ligada al reconocimiento de los derechos ancestrales de los pueblos originarios, negados desde la época del colonialismo hasta el actual sistema neocolonial. Las naciones originarias son la base y cimiento del México actual; su cultura y tradición milenaria tienen que reconocerse, pues enriquece al México del siglo XXI.


El movimiento para rescatar la soberanía requiere de la unión de todo el pueblo mexicano en contra del enemigo común, por encima de partidos, ideologías políticas, religiones, edad, sexo, estilo de vida, origen nacional; así será invencible la fuerza del pueblo.


Se requiere de la unidad del pueblo, de la transformación democrática y de una gran organización para impedir un retroceso en México, como el que se tuvo, luego de gobiernos progresistas en Bolivia, Brasil, Ecuador, El Salvador, Honduras, Chile, etc.


Los gobiernos progresistas van directo al fracaso si sostienen las viejas instituciones antidemocráticas y no se apoyan en la organización del pueblo en defensa de sus propios intereses.


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