2 de febrero día de la Candelaria

Pablo Moctezuma

El dos de febrero es el día de la Candelaria, una de las festividades más tradicionales de México. Se acostumbra que quien obtuvo el niño oculto en la rosca de reyes haga una fiesta en la que se comen tamales y se bebe atole, ambos productos de maíz. Se degustan todo tipo de tamales: verde, de mole, oaxaqueños, de rajas, adobo, chipilín, frijol, hongos también hay de dulce, guayaba y piña hay 500 variedades. Acompañados de un rico atole de cajeta, vainilla, chocolate o fresa.


El tamal es un alimento que tiene origen en el Anáhuac hace más de cinco mil años. En náhuatl le llamaban tamalli que quiere decir “envuelto” y los encontramos entre los pueblos náhuatl, mayas, mixtecas y otros quienes elaboraban alimentos de maíz. El atole viene del náhuatl “atolli” y significa “aguado”, es común que la bebida sea condimentada con especies aromáticas como el cacao, chocolate, vainilla o pulpa de frutas que son originarias de nuestra tierra o de canela, hojas de naranjo. Hace siglos que ambos son orgullo de la gastronomía mexicana. Y la celebración del 2 de febrero tiene también raíces ancestrales. Ha sido el Día del maíz en México, lugar donde nuestros antepasados lo inventaron en los alrededores de Tehuacán, Puebla hace más de 8 mil años, al combinar dos plantas silvestres el Teozintle y el Tripzacum. Desgraciadamente México la cuna del maíz es hoy el primer importador de este cereal del mundo debido a políticas neoliberales.

Narra Fray Bernardino de Sahagún, que el 2 de febrero se celebraba la primera fiesta del calendario prehispánico llamado Atlacahualo y se dedicaba a Tlaloc y Chachiiitliiicuetl representante masculino y femenina de la lluvia. En el Anáhuac el calendario tenía 18 meses de 20 días. Cada mes había que celebrar una fiesta. Por eso los mexicanos somos tan fiesteros. Y está bien porque hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Esto se lo debemos al maíz que se cultiva en tres meses y puede haber dos cosechas, lo que deja tiempo libre. Mientras que en Europa sembraban trigo que requiere el doble del tiempo y en Asia el arroz que implica un mayor periodo para su cosecha. Así que el maíz nos dio tiempo de descanso, convivencia y festejo. Pero además hay que subrayar que los mexicanos y mexicanas somos de los pueblos más trabajadores.

El mes Atlacahualo que comenzaba ese 2 de febrero señalaba la proximidad de la primavera y el inicio de la siembra. El calendario aquí en nuestras tierras era exacto. Tenía diez y ocho meses de veinte días y luego 5 días de meditación que llamados Nemontemi que cerraban el año. En contraste los europeos trajeron un calendario con meses de 30, de 31, 28 y hasta 29 días en año bisiesto. El nuestro era exacto, para ajustarlo cada año comenzaba a diferente hora del día. Kalli o casa, iniciaba a las doce de la noche, el año Tochtli o conejo a las seis de la mañana, el Akatl o carrizo a las 12 del día y el Tekpatl o pedernal a las seis de la tarde. Astronómicamente nuestra gran civilización era superior a la europea. El año pasado fue año 9 Kalli, este año será 10 Tochtli y comenzará a las seis de la mañana el 11 de marzo.

También en otras partes, el día 2 de febrero marcaba el inicio de la siembra. Lo celebraban en el Oriente con el nombre del “Encuentro”, posteriormente se extendió Occidente en el siglo seis, en Roma se festejaba con una procesión con velas encendidas, como también sucedía en Jerusalén. A España llegó de las Islas Canarias, de Tenerife donde ese día preparaban la siembra y el inicio de un nuevo ciclo agrícola que trae vida, festejos y entusiasmo. Por lo anterior, en la época del virreinato y con la evangelización de los pueblos indígenas, hubo un sincretismo entre estas tradiciones. Así en lugar de celebrar a Tláloc y a Chachitlicuetl su pareja femenina a 40 días del solsticio de invierno fecha del nacimiento de Huitzilopochtli que en el Anáhuac marcaba el inicio del retorno solar. Se comenzó a celebrar a la Virgen de la Candelaria a 40 días del nacimiento del niño Dios.

De modo que la fiesta de la Candelaria viene de tradiciones propias y también españolas, adaptadas en la colonia.