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EL MIEDO EN EL MUNDO DEL TRABAJO

hace 2 horas
4 min de lectura

Abelaro Cuellar. Secretaría Laboral. PC


Cuando el miedo paraliza, la organización colectiva abre caminos de esperanza


A lo largo de la historia, las trabajadoras y los trabajadores han enfrentado condiciones profundamente desiguales. El sistema capitalista ha encontrado en esas desigualdades diversos mecanismos de control, subordinación y explotación. Entre ellos, uno de los más poderosos y persistentes ha sido el miedo: miedo a perder el empleo, a quedarse sin ingresos, a sufrir represalias o a enfrentar un futuro incierto.


Imaginemos por un momento a aquellas trabajadoras y trabajadores que, hace más de un siglo, decidieron levantar la voz para conquistar la jornada laboral de ocho horas. Vivían sometidos a jornadas extenuantes, salarios insuficientes, condiciones peligrosas y una ausencia casi absoluta de protección social.


Sabían que eran explotados. Conocían las injusticias que padecían diariamente. Sin embargo, el miedo les hacía dudar de su propia fuerza y de la posibilidad de transformar aquella realidad que parecía imposible de cambiar.


Pero hubo quienes decidieron romper el silencio.


Fueron mujeres y hombres que, armados de razones, dignidad y convicciones, comprendieron que ninguna conquista llegaría por voluntad de quienes se beneficiaban de su explotación. Comenzaron siendo unos cuantos, pero tuvieron la capacidad de despertar conciencias, construir confianza y convencer a otras y otros de que la fuerza colectiva podía transformar sus condiciones de existencia.


Aquellas luchas trascendieron generaciones. Sus conquistas contribuyeron al reconocimiento de la jornada laboral de ocho horas, a la construcción de sistemas de seguridad social y al establecimiento de derechos que hoy forman parte del patrimonio histórico de la clase trabajadora.


Nada de eso fue una concesión gratuita. Fueron conquistas alcanzadas mediante la organización, la solidaridad, la movilización y la lucha colectiva.


Sin embargo, el miedo no ha desaparecido del mundo del trabajo. Por el contrario, continúa siendo utilizado, bajo nuevas formas, para debilitar la capacidad de organización y resistencia de las trabajadoras y los trabajadores.


Hoy, particularmente entre las nuevas generaciones, la incertidumbre sobre el empleo, la precariedad laboral y las amenazas de perder prestaciones o derechos adquiridos se convierten en instrumentos de presión. Se les coloca frente a una falsa disyuntiva: aceptar condiciones laborales menos favorables o arriesgar la continuidad de su fuente de trabajo.


Así, lo que debería ser un derecho —el trabajo digno, estable y socialmente protegido— termina presentándose como un privilegio que debe conservarse aun a costa de renunciar a mejores condiciones de vida.


Muchas trabajadoras y trabajadores jóvenes, confiados en la fortaleza propia de su edad y ante las necesidades inmediatas, no siempre alcanzan a dimensionar las consecuencias de las decisiones que hoy se les exige tomar.


Lo que actualmente parece una pequeña pérdida puede convertirse, con el paso de los años, en una profunda afectación a su bienestar futuro: menores prestaciones, pensiones insuficientes, incertidumbre económica durante la vejez y una creciente vulnerabilidad social.

Y cuando a estas condiciones se suma la ausencia de organización colectiva, también se debilitan los vínculos de solidaridad que permiten enfrentar las dificultades de la vida acompañados por otras personas.


El miedo no solamente puede arrebatarnos derechos; también puede arrebatarnos la confianza en nuestra propia capacidad para transformar la realidad.


Pero la historia nos ofrece una enseñanza fundamental: siempre existe la posibilidad de vencer el miedo cuando dejamos de enfrentarlo individualmente y comenzamos a construir respuestas colectivas.


Ninguna persona trabajadora debería sentirse sola frente a decisiones que comprometen su presente y su futuro. La organización, la deliberación democrática, la información y la solidaridad son herramientas indispensables para recuperar la confianza y defender la dignidad del trabajo.


Hoy, en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, esta reflexión adquiere una relevancia particular.


Más de cinco mil trabajadoras y trabajadores académicos enfrentan un debate trascendental sobre el futuro de sus jubilaciones, pensiones y condiciones laborales.


Bajo el argumento de una posible crisis financiera futura del sistema de jubilaciones y pensiones, y en un contexto de incertidumbre sobre la estabilidad laboral, se plantea la aceptación de modificaciones que pueden comprometer derechos y prestaciones construidos a lo largo de décadas.


En estas circunstancias, el miedo puede convertirse en un factor determinante para orientar las decisiones de quienes temen perder lo que todavía conservan.


Pero una decisión de semejante trascendencia no debería estar gobernada por el temor, sino por la información suficiente, el análisis crítico, la participación democrática y la conciencia de sus consecuencias para las generaciones presentes y futuras.


El futuro de las jubilaciones y pensiones no puede decidirse bajo la sombra del miedo. Debe construirse con transparencia, responsabilidad social, participación colectiva y pleno respeto a los derechos laborales.


Mañana, cuando la historia vuelva la mirada hacia este momento, habrá una pregunta inevitable:


¿Triunfó el miedo o fueron la conciencia, la organización, la solidaridad y la movilización colectiva las que permitieron defender y conquistar mejores condiciones de trabajo y de vida?


La respuesta no está escrita de antemano. Se construye con las decisiones que tomamos hoy.


A quienes han decidido superar el miedo, expresar sus convicciones y defender colectivamente sus derechos, les manifestamos nuestro reconocimiento, respeto y solidaridad.


Y a quienes todavía dudan sobre qué camino tomar, les invitamos a reflexionar sobre una enseñanza que atraviesa la historia del movimiento obrero:


Los derechos que hoy disfrutamos no surgieron de la resignación ni del silencio. Son resultado de generaciones de trabajadoras y trabajadores que se organizaron, enfrentaron adversidades y decidieron luchar por una vida mejor.


También debemos reconocer que la apatía, la indiferencia y la desmovilización han permitido, en distintos momentos, el debilitamiento de conquistas que parecían irreversibles.


Por eso, no se trata de señalar a quienes sienten miedo. Se trata de comprender sus razones, construir confianza y demostrar que nadie tiene que enfrentarlo en soledad.


Porque el miedo puede ser individual, pero la esperanza se construye colectivamente.


Porque los derechos laborales no se defienden únicamente recordando las luchas del pasado, sino participando en las luchas del presente.


Y porque ninguna transformación verdadera comienza cuando desaparece el miedo, sino cuando las personas deciden que su dignidad, sus derechos y su futuro valen más que el silencio.


¡QUE EL MIEDO NO DECIDA NUESTRO FUTURO!

¡QUE LA CONCIENCIA, LA ORGANIZACIÓN Y LA SOLIDARIDAD ABRAN EL CAMINO HACIA UN TRABAJO DIGNO, ESTABLE Y CON JUSTICIA SOCIAL!

¡LOS DERECHOS SE CONQUISTAN, SE DEFIENDEN Y SE FORTALECEN EN COLECTIVO!

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