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El peligro de un desenlace atómico

Atilio Boron. Acción. 12 de agosto de 2023


Las noticias que a diario nos llegan sobre la situación internacional provocan zozobra. A diario somos bombardeados con noticias cuyo común denominador es la truculencia informativa. Feroces incendios, violentos huracanes, devastadores terremotos, el calentamiento global que escala a «ebullición global», a lo que se suma la posibilidad de un desenlace termonuclear en la guerra de Ucrania. Muchas de estas calamidades son divulgadas con un estilo sensacionalista que no tiene por objeto informar seriamente sino conquistar audiencias. Para contrarrestar esta desafortunada práctica propongo que nos introduzcamos en profundidad en la crisis de Ucrania, tema sobre el cual la desinformación está haciendo estragos.


La obra de uno de los más prestigiosos especialistas estadounidenses, el profesor John Mearsheimer de la Universidad de Chicago, arroja un poderoso haz de luz sobre este asunto. No obstante, sus heterodoxas opiniones no encuentran eco en los medios de comunicación dominantes. Casi nadie reproduce sus análisis, dentro y fuera de Estados Unidos. Como piensa a contracorriente su voz es acallada. Su tesis es escandalosa para la versión oficial porque dice que la guerra en Ucrania es producto de la irresponsable provocación hecha por Estados Unidos y sus aliados europeos. En sus propias palabras, «los opositores a la expansión de la OTAN tenían razón, pero perdieron la batalla y la OTAN avanzó hacia el Este, provocando finalmente una guerra preventiva por parte de los rusos». Así lee en el artículo «La oscuridad que se avecina: hacia donde se dirige la guerra de Ucrania», publicado en Sin Permiso, en julio de 2023.


Una guerra preventiva, que los medios hegemónicos califican como «invasión», y que no tiene perspectivas de inmediata finalización. Por el contrario, cada vez con más frecuencia se oyen voces en el Pentágono y la sede de la OTAN en Bruselas exigiendo que los Gobiernos occidentales acrecienten la asistencia militar a Ucrania. En vez de buscar el camino que conduzca a una negociación que ponga fin a la guerra se apuesta a una harto improbable derrota de Rusia, algo que nada menos que Henry Kissinger considera como un resultado absolutamente fantasioso. Si a Rusia se la acorrala con las fuerzas de la OTAN, la respuesta del Kremlin, quienquiera que esté en el Gobierno, no será otra que apelar al sofisticado arsenal atómico ruso. Y eso sería el comienzo del fin.



¿Por qué? Oigamos lo que dice un experto en el tema, Víctor Resco de Dios, en un artículo reproducido por la National Geographic: una guerra entre Estados Unidos y Rusia en la que se empleasen «4.400 bombas de 100 kt (kilotones, equivalentes a miles de toneladas de TNT)», es decir, apenas la mitad del arsenal nuclear conjunto entre ambos países, «disminuiría la radiación solar y la temperatura del mar bajaría 6,4 ℃, aniquilaría a unos 770 millones de personas en pocos días, provocaría un invierno nuclear que perduraría por lo menos dos décadas haciendo que la agricultura reduzca su producción de alimentos al 1% de lo que actualmente se dispone». El resultado: una hambruna generalizada que en conjunción con las víctimas directas del bombardeo diezmaría la población del planeta. Parece exagerado, ¿verdad? Pero un ejercicio de simulación realizado por el programa de Ciencia y Seguridad Global (SGS) de la Universidad de Princet arrojó resultados similares: en una confrontación en la que Estados Unidos y Rusia apelaran a sus arsenales nucleares «90 millones de personas morirían o resultarían heridas solo en las primeras horas del conflicto». Porque el lanzamiento de una sola bomba atómica provocaría una incontrolable reacción en cadena en donde miles de ojivas nucleares serían disparadas por las partes en conflicto con las consecuencias señaladas más arriba. Disparadas, agreguemos, no por personal militar de la máxima jerarquía sino por la red de computadoras que en la guerra moderna deben decidir, en cuestión de segundos, que respuesta dar ante un ataque, o lo que pareciera ser un ataque. Como observara Michael T. Klare, la Inteligencia Artificial y la robótica han desplazado al gran mariscal.


Estamos frente a un escenario distópico y apocalíptico, pero no por ello improbable. Ratifica lo que los científicos atómicos y expertos militares de todo el mundo saben muy bien: no habría ganadores en una confrontación nuclear, todos serían perdedores. Los avances en la informática y la robótica hacen que lo que durante cierto tiempo parecía como un lúgubre reaseguro –la ventaja del first strike o del primer sorpresivo ataque que una potencia nuclear podría propinar a su contendiente privándolo de toda capacidad de respuesta– hoy ha desaparecido. Por lo tanto, el agresor, al igual que el agredido, serán perdedores en esta puja, con un costo de centenas de millones de vidas humanas perdidas en las primeras horas del conflicto. De ahí la importancia de poner fin a las hostilidades en curso en Ucrania para iniciar de inmediato negociaciones tendientes a resolver el conflicto, evitando a cualquier precio, insistimos, a cualquier precio, que la actual escalada cruce el ominoso umbral que hasta ahora impidió la utilización de armamentos nucleares. No es casual que personajes tan diversos como Noam Chomsky y Henry Kissinger coincidan en que nos enfrentamos a una situación límite. Es imprescindible poner fin a la guerra de Ucrania sin más demora. Y quien debe manifestarse a favor de una negociación de paz es Joe Biden. Vladimir Putin ya lo hizo y, como recuerda Mearsheimer, no fue escuchado. Ahora es el turno de Washington.

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