En 20 años, firmas de España controlaron sectores estratégicos

Armando G. Tejeda. La Jornada. 13 de febrero 2022

Antes de la llegada al poder del panista Vicente Fox, la inversión española en México era casi testimonial. España estaba preocupada por superar la crisis económica de finales del siglo XX, la cual tenía al país europeo sumido en una profunda depresión laboral y financiera, Sus grandes empresas estaban enfocadas al mercado europeo y en América Latina primero les interesaba Brasil, que concentraba alrededor de 48 por ciento de la inversión ibérica en la región; Argentina, con 24 por ciento y Chile, con 11 por ciento.


México, a pesar de ser uno de los mercados más grandes y atractivos, no figuraba en su radar y sólo representaba 8 por ciento de la inversión española directa en América Latina.

Con la llegada a la presidencia de Fox, pero sobre todo de su sucesor, también panista, Felipe Calderón, se abrieron de par en par las puertas del mercado mexicano, el público y el privado, a las empresas españolas. Fue un periodo histórico que coincidió con la gran expansión de las multinacionales ibéricas.

Tejido neoliberal

Una vez desalojado el PRI del poder, en el año 2000, se intensificó la apertura comercial, pero sobre la misma base que tejieron los gobiernos neoliberales de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo.

La acumulación y firma de acuerdos de libre comercio con diversas regiones y países convirtieron a México en uno de los países más abiertos en asuntos comerciales, como fue el caso del Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea, que entró en vigor precisamente en el año en el que el PRI fue expulsado de la Presidencia. Ese pacto supuso también el inicio de la gran expansión de las empresas y las inversiones españolas en México, que hoy son las segundas en importancia, sólo detrás de Estados Unidos.

En 20 años, las grandes corporaciones españolas han pasado a controlar algunos de los sectores estratégicos de la economía mexicana: el bancario, con el primero y el tercer banco en volumen de activos del país: el Banco Bilbao Vizcaya Argentina (BBVA), que en su día absorbió a Bancomer, y Santander, que hoy es uno de los principales operados del mercado financiero y es el prestamista líder en el sector del automóvil. En el energético, con prácticamente todas las multinacionales españolas con inversiones y negocios en el país, entre ellas Iberdrola, Endesa, Repsol, Acciona y Naturgy. Y en la infraestructura, léase carreteras, puertos o grandes proyectos públicos, también se han posicionado algunas empresas españolas entre las más poderosas del país, como la constructora OHL (salpicada de numerosas acusaciones de corrupción), y Fomento de Construcciones y Contratas (FCC), entre otras.

Además, está el sector turístico, donde se han convertido en líderes de algunos destinos de éxito, como la Rivera Maya, los Cabos y Huatulco. Algo parecido ha ocurrido en otros sectores menos relevantes y en menor grado de penetración, como el de la industria editorial, los medios de comunicación y los servicios.

En menos de dos décadas, el empresariado español, que viajaba a México con sus propios directivos y técnicos –como sigue ocurriendo hasta la fecha, al menos al más alto nivel– ha pasado a controlar sectores estratégicos y sensibles de la economía mexicana. Y todo eso ha sido gracias en buena parte a la connivencia del poder político, de los gobiernos de turno que les han abierto las puertas de par en par y les han concedido un trato de privilegio que ni siquiera recibían los empresarios mexicanos.

En 2002, a tan sólo dos años de haber entrado en vigor el Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea, Fox hizo una visita de Estado a España, en lo que fue visto, en retrospectiva, el inicio de la gran penetración del empresariado ibérico en México. En aquella gira, Fox anunció proyectos de inversión española en el país por 293 millones de dólares en los sectores de medio ambiente, agroindustria y fabricación de piezas para automóviles.

El entonces presidente mexicano recordó, además, que se había creado un fondo de financiación con capital-riesgo por 20 millones de dólares (21.6 millones de euros) para las pequeñas y medianas empresas del sector turístico.

Incremento en la balanza comercial

Esa pequeña incursión provocó un incremento en la balanza comercial bilateral superior al 40 por ciento, que se fue intensificando hasta que España pasó a concentrar en menos de una década algo más de 25 por ciento de la inversión española en América Latina y con una inversión acumulada de 35 mil millones de euros y que hoy supera los 75 mil millones.

Las primeras empresas españolas que arribaron a México fueron las editoriales, hace ya varias décadas, pero la avalancha se produjo en los primeros años del foxismo, con la llegada de los dos grandes bancos, Santander y BBVA, y el desembarco de las principales empresas eléctricas y turísticas. Es decir, que en todo este proceso de lo que algunos llaman la “neocolonización” de México, el sector financiero ha llevado la voz cantante, con las absorciones o compras de las entidades financieras mexicanas, como fue en su día la adquisición de Serfin en mil 500 millones de dólares por el banco Santander, y la realizada por BBVA, que en su día se comprometió a adquirir por 2 mil 500 millones de dólares la mitad de las acciones de Bancomer y que en pocos años compró de forma íntegra.

Durante el foxismo, cuando inició la apertura del sector energético, también llegaron las primeras incursiones de las empresas españolas, con una inversión inicial de más de 4 mil millones de dólares en plantas generadores de energía, sobre todo de Unión Fenosa e Iberdrola, que en menos de un lustro acapararon más de 5 mil megavatios de potencia en México. Igual ocurrió con las telecomunicaciones, cuando se abrieron las puertas de par en par para la entrada de Telefónica (hoy Movistar) en el mercado mexicano, que en poco tiempo se situó en el segundo lugar del negocio de teléfonos celulares.

El bazar de ProMéxico

Vicente Fox, quien se había alineado abiertamente con la derecha española y con su entonces líder y presidente, José María Aznar, dejó las bases para que lo vendría después: el gran desembarco de las multinacionales españolas en México, que convirtieron nuestro país en uno de los principales objetivos de negocio de sus corporaciones. Y fue en gran medida gracias a un programa que impulsó el presidente Felipe Calderón (2006-2012), que llamó ProMéxico y que consistía en organizar encuentros que funcionaban como un gran bazar del Estado mexicano en el extranjero.

En Madrid, por ejemplo, lo primero que hacía la Secretaría de Economía –de la que dependía ProMéxico–, a través de la delegación diplomática, era elegir un hotel de lujo, todos de cinco de estrellas, como el Palace, Ritz o el Villa Magna, para alquilar tres, cuatro, cinco y hasta seis salones durante un par de días para organizar encuentros sectoriales con empresarios españoles. Esos encuentros consistían en la presentación, por parte de los responsables de ProMéxico, de los grandes proyectos de infraestructuras que tenía previsto realizar el Estado mexicano en los próximos años, tanto a nivel federal como estatal y hasta municipal. Esas reuniones resultaron a la postre vitales para que esas corporaciones españolas tuvieran la información de primera mano en su entrada al mercado mexicano y conseguir, siempre vía concurso público, pero con la información previa otorgada por el Estado mexicano, los grandes contratos que buscaban.

Un largo desembarco

Las presentaciones se hacían siempre de forma pormenorizada, sector por sector, estado por estado, municipio por municipio, y siempre había gráficos que mostraban la situación y hasta se entregaban dosieres con toda la información sensible.

Esa fue la práctica habitual durante el sexenio de Felipe Calderón, quien se convirtió en el principal impulsor de la presencia de las empresas españolas en México, sobre todo en el sector energético, y que estuvieron listas cuando se aprobó la ley energética que impulsó su sucesor, Enrique Peña Nieto, y que permitió la entrada sin restricciones de las multinacionales al sector.

Aunque con Calderón sí se puso fin a Luz y Fuerza del Centro (2009), lo que representó en realidad una fiesta de bienvenida a las grandes corporaciones energéticas españolas, que habían estado reclamando un gesto así para entrar en el mercado mexicano.