LAS ECONOMÍAS DE TRANSFORMACIÓN QUE SOSTIENEN LA VIDA

Claudia Caballero

Todos necesitamos dinero para poder sobrevivir en este sistema. Sin embargo, como hemos hablado en video columnas anteriores, ese dinero es causa de la explotación de personas y devastación de la naturaleza. La estructura financiera no sólo causa las grandes inequidades, sino también es parte de la violencia que vivimos.


Desgraciadamente el dinero se ha vuelto indispensable y abarca gran parte de nuestras preocupaciones cotidianas. Al necesitar dinero para nuestra vida, hemos introducido la lógica del mercado (basada en el individualismo/competencia), pero también los principios del sistema monetario es decir la deuda y la usura (es decir el cobro de intereses).

Pero hay otras dos economías invisibilizadas por la hegemonía del sistema financiero actual:

Una es la economía que estamos tratando de construir desde los múltiples sistemas de intercambio, de trueque, bancos de tiempo y por supuesto moneda comunitaria. A esta economía le podemos llamar de economía de equidad o reciprocidad. Porque justamente está basada en el principio de la reciprocidad, busca la satisfacción de las necesidades de todxs sus participantes.

Otra economía muy importante que no solemos considerar, pero está presente en nuestras vidas, es la economía del don o el compartir. Hay muchos enfoques que entienden de forma distinta esta economía. Por ejemplo, los antropólogos la han estudiado mucho en comunidades indígenas, en este sentido antropólogos como Mauss resaltan el círculo virtuoso que se genera en el dar-recibir y devolver, no sólo es un vínculo económico, sino un vínculo social. Damos tiempo, conocimientos, amor, productos, para recibir cuidado, cariño, escucha, servicios, saberes, productos y por ende devolver, para volver iniciar el ciclo de abundancia.

Esta manera de entender los vínculos económicos y sociales es en realidad un principio de vida, de la circularidad de la vida. Por ejemplo, con la naturaleza, en nuestro hábitat, en nuestro territorio entregamos nuestro cuidado y trabajo a la tierra y recibimos alimento a través de las verduras, frutas, cereales, oxígeno, agua y lo devolvemos con el co2 que expiramos, nuestro excremento que se vuelve tierra e incluso en algún momento con nuestro propio cuerpo que se volverá humus.

Este flujo interminable del dar-recibir y devolver, que es la vida misma. No atiende a contabilidad estricta, se da lo necesario y se toma lo necesario. Existe reciprocidad, pero sin cuenta. No hay precio en el oxígeno que respiramos, como no lo hay en los abrazos que damos. Es una economía que nos permite transitar del precio al aprecio.

Usar una moneda comunitaria es una invitación a abandonar la lógica de deuda y usura que nos lleva irremediablemente a la escasez y por ende al consumismo y la voracidad de los recursos. Por otra forma de entender la vida y la muerte, por otra forma de entender los vínculos humanos y con la tierra.

En nuestra vida cotidiana todos tenemos estos tres tipos de economía. Necesitamos dinero para muchas cosas, transporte, teléfono, renta. Pero también muchos de nosotros somos parte de redes de intercambio o esporádicamente hemos hecho algún trueque o usado una moneda comunitaria. Y todos para seguir vivos hemos recibido algo sin que nos pidan nada a cambio. Simplemente para estar vivos nuestra madre, nuestro padre, nos dieron amor, cobijo, alimentos. Y es que realmente así la mayor economía no se puede medir a través del PIB, no se puede calcular el precio del planeta como no se puede calcular la alegría. Muchas feministas han usado la metáfora del iceberg, en la punta es la parte de la economía que sale en los periódicos, en las cumbres económicas, por abajo del agua, lo que no se ve es inmenso y es sobre lo que sostiene la punta.

Así que no nos engañen, la economía real no es la financiera por mucho que se infle a través de la usura y especulación. La economía que sostiene la vida es otra y ese es un espacio donde todas y todos los días podemos transformar radicalmente las cosas.