Los gobiernos de EU contra Cuba: «poder inteligente» y poder estúpido»

Jorge Casals Llano Cubasi 8 de octubre de 2021

“Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas” Tercera Ley Fundamental de la estupidez Aunque tirios y troyanos sigan hoy hablando (y escribiendo) sobre la globalización y el neoliberalismo, lo cierto es que la primera ya desde la “crisis de 2008” que fuera provocada por los “excesos” neoliberales de la desregulación: emisiones incontroladas de títulos de valor, de derivados financieros, de hipotecas “basura” y por las fluctuaciones de los tipos de cambio y las manipulaciones de las tasas de interés, entre otros artilugios financieros, funcionó “demasiado bien” para los más ricos.


Precisamente por lo anterior, las ulteriores inyecciones de liquidez, los recortes impositivos, los ajustes fiscales, las bajas de los tipos de interés (hasta hacerlas negativos), las inyecciones de capital mediante la compra de instituciones financieras y hasta los algoritmos creados para “prever” los movimientos bursátiles, acciones todas dirigidas a garantizar que los mercados, actuando “libremente”, hicieran más estable y eficiente el sistema económico, sólo profundizaron la crisis del capitalismo.

La(s) crisis, sus causas y “soluciones” (hasta Obama y el poder “inteligente”) De esta manera lo valora el Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz: “Está claro que los mercados no han funcionado de la forma que proclaman sus apologistas… Se supone que los mercados son estables, pero la crisis financiera mundial demostró que podían ser muy inestables, con catastróficas consecuencias…

Se supone que la gran virtud del mercado es su eficiencia. Pero evidentemente, el mercado no es eficiente. La ley más elemental de la teoría económica –una ley necesaria si una economía aspira a ser eficiente –es que la demanda iguale a la oferta. Pero tenemos un mundo en que existen gigantescas necesidades no satisfechas (inversiones para sacar a los pobres de la miseria… o para adaptar la economía mundial con el fin de afrontar los desafíos del calentamiento global).

Al mismo tiempo tenemos ingentes cantidades de recursos infrautilizados… El desempleo –la incapacidad del mercado de crear puestos de trabajo para tantos ciudadanos –es el peor fallo del mercado, la principal fuente de ineficiencia, y una importante causa de la desigualdad.” ¿Pero fue la “crisis financiera mundial” (2008), como se afirma [1] la que demostró la inestabilidad de los mercados?, veamos con mayor detenimiento. Si pasamos por alto las crisis “del parto” del capitalismo [2], las recurrentes crisis cíclicas iniciadas desde mediados del siglo XIX en el capitalismo pre monopolista con evidencia demostraron, ya en plena época del capitalismo monopolista durante la crisis de 1929-1933, la incapacidad de autorregulación macroeconómica del liberalismo económico (tampoco resuelta por la “destrucción creativa” de Joseph Schumpeter).

Por lo anterior se hizo necesario –y el keynesianismo lo hizo posible con sus por qué y su cómo –que el estado se convirtiera en regulador de la economía. La aplicación, en la práctica, de la teoría de Keynes (en todo el mundo “civilizado” con excepción de los países que conformaban entonces el denominado “campo socialista”) condujo al mundo al keynesianismo y al keynesianismo militar y, juntamente con el aumento de la demanda agregada encomendada y regulada por la intervención del estado (de “cañones y mantequilla” en oposición al “cañones o mantequilla” neoclásico), al incremento de la deuda pública y la inflación, a la crisis monetaria internacional y, con ella, al fin del sistema de Bretton Woods… y a la agudización, de las contradicciones y crisis del capitalismo, ya entonces “regulado”. Y la crisis de este “capitalismo regulado” creó las condiciones para que, desde los 80, con Ronald Reagan (1981-1989, Republicano) como presidente de los EEUU y Margaret Tatcher (1979-1990) como Primera Ministra de Gran Bretaña, impulsaran el “Consenso de Washington” inspirado en las ideas neoliberales explicitadas en su decálogo[3] que se aplicarían, también, al resto del mundo –incluidos los países del “socialismo real” luego de la implosión de la URSS y del “campo socialista– impulsadas por el FMI y el BM, sobrevivientes del sistema cuya base fuera el dólar a 35 por onza, y “tan bueno como el oro”; a partir de 1995, también por la OMC continuadora del GATT.

Siguió Bill Clinton (Demócrata), que continuó la política neoliberal introducida durante el mandato de Ronald Reagan y fuera continuada por H. W. Bush (Republicanos los últimos). Durante su mandato se mantuvo el control de salarios, la tendencia a la baja de los salarios reales y se extendió la semana laboral y el trabajo temporal y a medio tiempo. BOLETIN ESPECIAL La Habana, 9 de noviembre del 2021/Año 63 de la Revolución/RNPS2442 Clinton también redujo los gastos federales no solo por la reducción del presupuesto militar (facilitado por la desintegración de la URSS y el “pacto de Varsovia”) sino también por los recortes de los gastos en seguridad social y otros gastos sociales excepto los del Medicare (en beneficio de las aseguradoras y otras empresas del ramo) y los subsidios a la agricultura (en beneficio del agrobusiness) y a la seguridad interna.

Sus mayores “aportes”, sin embargo, pueden considerarse la derogación de la “Ley Glass-Steagall”[4] y su sustitución por la “Ley de Modernización de Servicios Financieros”[5], que hizo posible saltar la barrera establecida por la ley de 1933 y con ello posibilitar las megafusiones de bancos comerciales, compañías de seguros, de inversión y de corretaje lo que posibilitó la expansión de los “derivados financieros”, las deudas “apalancadas”, las operaciones “over the counter”, la banca “en la sombra” y el descomunal endeudamiento de la nación del norte.

Otros de los “aportes” significativos de Clinton tuvieron que ver con la manipulación del “precio” del oro [6], para mantener el dólar fuerte y bajo las tasas de interés. Para ello, y considerado el oro “una mercancía más”, el FMI a instancias de los EEUU, promovió la venta de las reservas de oro de los bancos centrales (cosa que no hizo la Reserva Federal de los EEUU) y aprovechando que desde 1971 los EEUU ya habían impuesto al mundo, con el retiro de la convertibilidad del dólar en oro, el dinero fiduciario, dinero Fiat[7], que sin valor intrínseco, o más precisamente sin valor alguno, “mide” el valor de las mercancías a las que se enfrenta en el intercambio (y crea un galimatías a la vez persuasivo e ininteligible[8]), que permite a los EEUU mediante la emisión de su propia moneda financiar su deuda mediante la creación de dinero (monetizando la deuda) generando tensiones inflacionarias y la reducción de los salarios reales, también en los EEUU.

Los intentos de Obama de restaurar el capitalismo senil[9] en los EEUU con más neoliberalismo, y aun de consolidar a “occidente”[10] con el “poder inteligente” sin alterar el proceso globalizador en condiciones de expansión del “socialismo de mercado”, solo impulsó aún más el proceso de financierización de la economía en beneficio de la plutocracia dominante (el 1%, o más precisamente el 0,01 o el 0,001%), cada vez más transnacional, lo que no detuvo el deterioro del poder imperial –ya debilitado como hemos visto por administraciones anteriores, demócratas y republicanas –aunque si aceleró el proceso de desplazamiento del eje geopolítico global hacia la región Asia-Pacífico.

Trump, el trumpismo y el poder “estúpido” En las referidas circunstancias, y cuando Hillary Clinton ofrecía continuar el mismo camino de Obama, aparece Donald Trump con su eslogan: “Hacer a los EEUU grande nuevamente” (Make America great again) que reconocía, tanto el declive de la potencia imperial como lo inalcanzable –a pesar del “Yes, we can” de Obama –que se había hecho el “sueño americano”, (“American dream”), para sus ciudadanos.

Y junto con Trump llegó a la “Casa Blanca” sin ningún interés en disimularlo, el “poder estúpido” (aunque como hemos visto antes no haya sido exclusivo de Trump) en sustitución del llamado “poder inteligente” (la “capacidad de atraer”) de Obama. Antes de continuar una aclaración: Donald Trump (como Joseph Biden) fue solo un presidente imperial más, como lo fue Obama, por lo que ni su política interior ni la exterior difieren, no pueden diferir esencialmente, del accionar de administraciones estadounidenses anteriores (inclúyase aquí también la estupidez, cuestión de dosis) en las que desde siempre han estado presentes el chovinismo, el excepcionalísmo y el supremacismo expresados en el guerrerismo de los presidentes anteriores (desde Harding y Coolidge, hasta Kennedy, Reagan, Clinton, los Bush y Obama, por mencionar solo algunos) en la configuración de la geopolítica global estadounidense los dos primeros, o en el intento de detener el declive del poder político y económico de los Estados Unidos, los últimos.

Analícese si no el “aislacionismo” de Warreng Harding (presidente 29) y Calvin Coolidge (presidente 30), el Consenso de Washington y la “Guerra de las estrellas” de Reagan (el 40), y también las guerras terrestres que destrozaron a Vietnam (Kennedy, 35) y los que lo siguieron hasta la derrota), Irak (Bush, el padre, 41), Afganistán y de nuevo Irak (Bush, el hijo, 43), Libia y Siria (Obama, 44), la prioridad de los gastos militares (de todos, hasta los más de 750,000 millones de dólares de Trump, 45 y las no menos milmillonarias de Biden, 46), las reformas fiscales (Reagan, Bush), que hicieron “más ricos a los ricos”, tanto, que con Trump solicitaron, ”por ética”, (sic) el pago de mayores impuestos (aunque con Biden se resistan a hacerlo); y también, por supuesto, el compromiso con la desregulación financiera y la entrega del poder a los bancos (todos desde que comenzó con la creación de la Reserva Federal bajo la presidencia de Woodrow Wilson, presidente 28, en 1913).

El trumpismo (del que Biden es continuador) es, también, conducta, y más precisamente, conducta agresiva, que se manifiesta en el marcado egocentrismo, la arrogancia, la prepotencia y la aporía que hacen que cuando el país del norte viola las normas del derecho internacional (práctica recurrente de todos los gobiernos de EEUU), lo haga de manera burda, abusiva, despectiva y con estilo mafioso: con garrote y sin zanahoria. Lo anterior se sigue manifestando cuando EEUU acuerda con Australia la venta de submarinos en detrimento de su aliada Francia, o chantajea a un país africano para que secuestre a un diplomático venezolano para someterlo a juicio en sus fronteras, o cuando irrespeta la inteligencia colectiva y mantiene la confusión entre grillos y ataques sónicos o groseramente amenaza a Cuba con sanciones si aplica la ley a sus mercenarios en la isla, como hace ahora el que ocupa el lugar de Trump coincidiendo con el apoyo del congreso demócrata.

Y si en su momento Trump desdeñando a Europa, a la OTAN la calificó de obsoleta y la amenazó de que si sus miembros no aumentaban su cuota financiera los EEUU no los defenderían “contra un ataque ruso” y a la Unión Europea (UE) la tildó de enemiga en el comercio y la amenazó con una guerra comercial (de las que dijo son “fáciles de ganar”);

Biden prioriza el Indopacífico con alianzas como la QUAD (EEUU, Japón, India y Australia), revivida en 2017 y reanimada por en marzo de 2021 mantiene entre sus objetivos, según el presidente, “una innovación tecnológica consistente con un Indopacífico libre y abierto” capaz de “mantener el orden marítimo basado en reglas en los mares del este de China y la China meridional”, y la AUKUS (EEUU, Australia y Reino Unido), como último paso hacia la confrontación con China y el inicio de una nueva guerra fría, que iniciada por Trump y continuada por Biden, va dirigida a garantizar el predominio en la región en clara oposición a China. Difícil resulta encontrar diferencias, más allá de las declaraciones, entre las políticas exteriores de Biden y Trump.

Ello incluye las relaciones con América Latina, en particular por el mantenimiento del espíritu de la anacrónica “doctrina Monroe” y la violación flagrante de las normas del derecho internacional, en particular en el tratamiento a los migrantes, en su relacionamiento con Venezuela y su apoyo al “autoproclamado” y desprestigiado Guaidó (con el impúdico silencio de buena parte de la comunidad internacional); también en cuanto al apoyo a la desprestigiada OEA y a su Secretario General, a las presiones contra Nicaragua y el cerco a Cuba.

En el referido contexto está por ver cómo el errático Biden enfrentará el entuerto legal presente en su convocaría a la “Cumbre de las Américas” a celebrarse en el verano de 2022. Nada tiene el presidente imperial que ofrecer a los pueblos de lo que considera “su traspatio trasero” y “su mar interior” como no sea el convite falaz a “promover la democracia y los derechos humanos” en una reunión que patrocinada por la OEA, organización tan desprestigiada como el país convocante, y en la que su apoyo, los no menos desprestigiados gobiernos de derecha en la región, incluyendo los que integraran el “grupo de Lima”, se encuentran acosados por los pueblos situados “al sur del Río Bravo”.

Se trata de que no se percate el establishment norteamericano de que el “poder estúpido” no puede resolver los problemas internos, la tendencia al declive de la economía y la incapacidad de revivir “el sueño americano”; tampoco los que existen con los países americanos y el resto del mundo. Son demasiados, muy complejos, incluyen los sanitarios, el calentamiento global y el cambio climático y requieren colaboración con todos y para el bien de todos y no confrontación.

Tampoco podrán los gobiernos de los EEUU con el “poder estúpido” resolver los problemas causados con su fracasada política genocida de bloqueo contra Cuba, una relación incompleta de los cuales muestra, sin lugar a dudas, su coincidencia con el enunciado de la tercera ley de la estupidez con la que iniciamos el presente trabajo: “una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas”. Todo lo anterior se hace evidente en el resumen a continuación: i) los daños ocasionados a la economía cubana y a los cubanos lejos de debilitar, han fortalecido el sentimiento nacional y el rechazo a los intentos de destruir la revolución y de lograr el “cambio de régimen”; ii) en particular la aplicación del Título III de la denominada Ley Helms-Burton solo ha provocado, además de su inutilidad, la indignación y también la hilaridad de los cubanos y el rechazo en los países afectados; iii) no menos hilarantes han sido para los cubanos cada una de las referencias por la élite gobernante de los EEUU a la tropa mercenaria derrotada en Playa Girón, la llamada Brigada 2506, como “patriotas y luchadores por la libertad”, igualmente los intentos de organización de guerras “de cuarta generación” mediante la promoción de mercenarios; IV) la aplicación de la política anticubana de la administración Trump contenida en su “Memorando Presidencial de Seguridad Nacional sobre el Fortalecimiento de la Política de Estados Unidos hacia Cuba” que ha sido mantenida y aun recrudecida por la administración Biden, no aisló a Cuba, sino que por el contrario, ha dado lugar a acciones y pronunciamientos favorables al mejoramiento de las relaciones comerciales y económicas en general, incluyendo a los cubanos residentes en los EEUU que desean mantener relaciones normales con su país de origen y de cercanos aliados de los EEUU, entre ellos los que integran la UE; V) los denominados “ataques sónicos”, utilizados por los EEUU para reducir el número de funcionarios en las respectivas embajadas y reducir los vínculos entre los cubanos residentes en Cuba y en los EEUU solo han provocado malestar en la inmensa mayoría de los connacionales, tanto de los radicados en Cuba, como en los EEUU; VI) el bloqueo y las medidas adicionales adoptadas de manera oportunista por las dos últimas administraciones norteamericanas en condiciones de la pandemia del Coronavirus no pudieron impedir que Cuba venciera exitosamente la crisis sanitaria, la crisis económica que de ella se derivara y aun demostrara el desarrollo científico alcanzado en la producción de vacunas y otros medicamentos. Así pues, seguimos nuestro curso, confiados en que, algún día, llegará la verdadera inteligencia a los que gobiernan los EEUU.

* Graduado de: Economía Relaciones Económicas Internacionales.

[*] Las ideas respecto a la estupidez son tomadas de: Carlo M. Cipolla, “Allegro ma non troppo” y a los corolarios de: Giancarlo Livraghi en: “El poder de la estupidez” [2] Stiglitz E., (2013) “El precio de la desigualdad”, Ediciones Taurus, Venezuela, agosto de 2013, Pág. 25-26, ISBN978-980-15-0705-5. [3] “Crisis de los tulipanes”, Holanda, siglo xvii; ‘“Crisis de la Compañía de los mares del Sur”, Inglaterra, siglo xviii” [4] Disciplina fiscal, reordenamiento de prioridades del gasto público, reforma impositiva, liberalización de las tasas de interés, tasas de cambio competitivas, liberalización del comercio internacional, liberalización de las inversiones extranjeras directas, privatizaciones, desregulación y derechos de propiedad. [5] Luego de la crisis de 1929, mediante esta ley quedaron separados los bancos comerciales (cuyas ganancias se obtienen por las diferencias entre las tasas que cobran y pagan a sus clientes) de otras instituciones financieras (compañías de seguros, bancos de inversión…) cuyas ganancias se obtienen emitiendo “productos financieros” de alto riesgo. [6] Que fuera conocida como “Ley de autorización de Citigroup” en tanto hizo posible la fusión del megabanco con las también mega compañías: de seguros Travelers y de inversiones Salomon. Como datos “curiosos” vale aquí agregar que el promotor de la ley, el Secretario del Tesoro Robert Rubin, luego de que fuera aprobada, aceptó una prima de 40 millones de dólares y pasó a presidir el Comité ejecutivo de Citigroup, cargo que ocupó hasta 2009, luego de que esta mega compañía sufriera pérdidas por más de 40,000 millones. [7] Lo que fue posible pues había sido “desmonetizado” ya en 1971 cuando, a partir de la violación de los acuerdos de Breton Woods, los EEUU retiraran la convertibilidad del dólar en oro y con ello diera fin al mismo. A pesar de ello, se sigue hablando de la vigencia de los “acuerdos de Breton Woods” y sus instituciones” (FMI, BM) aunque la base del mismo era precisamente la convertibilidad. [8] Por definición “dinero” que tiene un valor intrínseco inferior a su valor nominal. [9] Tanto, que las opiniones de los economistas difieren y van desde los que consideran que un sistema monetario sólo puede ser tal si cuenta con una unidad de medida con valor intrínseco (entre los que me incluyo), a los que opinan que el regreso a una unidad monetaria con valor intrínseco (el oro) restringiría el accionar de las políticas fiscal y monetaria de los países, y hasta los que afirman que el regreso al patrón oro podría al menos restringir la manipulación de las políticas cambiarias y hacer así perdurar la hegemonía del dólar. [10] Es el capitalismo que tiene como rasgos principales sus magros ritmos de crecimiento, el abandono de la esfera productiva como fuente principal de ganancias al mismo tiempo que la dilapidación de recursos, incluidos los que utiliza para la producción de armamentos, que lleva al agotamiento de la capacidad del planeta para renovarlos y a la destrucción del medio ambiente. Sigue siendo capaz de producir mercancías en “exceso” (lo que acelera la tendencia al descenso de la tasa de beneficios) por lo que se ve obligado por la competencia a introducir la ciencia y la tecnología –como fuerza productiva directa –a la producción, lo que incide sobre la reproducción del sistema de muy diversas formas, siendo la más evidente su incidencia sobre el empleo y, como consecuencia, sobre la demanda. Para maximizar sus ganancias, hace de la especulación financiera su actividad fundamental. [11] En realidad un término geopolítico y no geográfico, repetido las más de las veces sin advertir la diferencia. La lectura más generalizada considera a “Occidente” –y sin mencionarlo –a EEUU, sus aliados europeos y Canadá; una lectura más atenta incluye a EEUU y sus estados vasallos y siervos; en ninguna el Occidente geopolítico tiene que ver con el geográfico.