El PCC y la Cuba de hoy

Autor: Michel E. Torres Corona | internet@granma.cu

13 de mayo de 2021 21:05:28

El Partido Comunista de Cuba representa un proyecto de nación específico que está asociado a la justicia social, a la soberanía, al antimperialismo; un proyecto de nación que enarbola los intereses de la clase trabajadora, del pueblo

El principal reto del Partido Comunista de Cuba (PCC) es ser vanguardia: tener la capacidad de aglutinar a los mejores entre los buenos, como decía el Che. Y también, por supuesto, poder asimilar esos núcleos de intelectuales orgánicos al sistema que pueden tener un vínculo formal con el Partido o no, y que son nichos de resistencia contrahegemónica, que tiene que asimilar, acercar y, de alguna manera, instrumentar su pensamiento.


El Partido no es un ente para la preservación del statu quo. Es la fuerza que organiza a las masas populares para guiar la transformación revolucionaria de la realidad social. Como organización política rectora de la sociedad cubana debe canalizar ese entusiasmo que se genera en torno al proyecto sociopolítico que es la Revolución, ese empuje a favor del sistema alternativo que defiende el Partido y que, dentro o junto a él, defendemos nosotros.

Además, debe trabajar en la interacción con los espacios ideológicos que operan en la sociedad cubana: la escuela, los medios de comunicación, etcétera. A partir de la autoridad que le otorga la Constitución y la autoridad que gana a través de la acción de sus militantes, el Partido tiene que influir en esos escenarios para que no sean meros reproductores del sentido común liberal, sino que tributen a la emancipación del ser humano.

En su relación con la prensa y con los medios masivos, el Partido tiene que modernizar sus métodos de comunicación, sorteando el peligro de la frivolidad. El ánimo de llegar a públicos «más amplios» o el afán de ser «modernos» pueden torcer el rumbo de la organización y convertirla en un símbolo de todo lo que debe ser objeto de lucha de la Revolución, de todo lo que debe negar la Revolución.

El socialismo no es un modelo en el sentido estrictamente económico, sino que también es un continuo proceso de lucha por un sistema de ideales más avanzados y por una nueva profundidad de la dimensión humana. Ningún revolucionario, sea militante o no, puede perder eso de vista; nunca puede dejar de alertar sobre ello.

Tras el triunfo revolucionario había un eslogan o consigna que rezaba: «La Revolución no te dice cree, la Revolución te dice lee». Era la preocupación constante de alfabetizar al pueblo. Hoy todos sabemos leer y escribir, pero hay que profundizar en esa alfabetización, hallar nuevas sensibilidades, nuevas perspectivas en lo intelectual. Nunca podemos conformarnos con lo que tenemos hoy: una realidad con grandes logros, pero también con carencias que debemos ir supliendo, no solo en el orden material.

El Partido, por ende, debe ser adalid de esa sociedad de sujetos más revolucionarios y cada vez más preparados. La condición de comunista debe estar divorciada de la mediocridad y la ignorancia.

Una de sus funciones fundamentales es la de determinar los fines de la sociedad socialista, de diseñar esa estrategia para alcanzar metas trazadas a mediano y largo plazos. El aparato partidista y toda su militancia operan como mecanismo de control político de esa gestión estatal, que debe apuntar siempre a los fines del socialismo.

El Partido debe estar allí donde el pueblo se vea afectado por alguna decisión de un gobierno local, de la administración a cualquier nivel o del gobierno central.

Además, tiene que mantener ese estrecho vínculo popular que parte de su propia militancia, y debe vencer lo que se conoce como la ley de hierro de Robert Michels, quien expresaba que cualquier tipo de organización política tendía a la oligarquización, o sea, que hubiera una élite que se divorciara de la voluntad de su masa militante.

El PCC tiene que negar esa oligarquización de sus estructuras, esa burocratización de sus funcionarios (en el sentido leninista del término). Pero no es el sofisma de la equidistancia o la idea de separar radicalmente al Partido y al Estado la solución: hablamos de un sistema en el que no tiene funciones electorales ni ejerce autoridad (en el plano formal) sobre los órganos estatales, pero sí tiene como rol constitucional el de guiar los esfuerzos de la sociedad cubana en la construcción del socialismo. La clave está en la diferenciación de funciones y en su carácter democrático.

El pensamiento liberal plantea que hay una dicotomía, un antagonismo irreconciliable entre el valor de la democracia y el modelo de partido único. Sin embargo, el pluripartidismo en Cuba existió y se implementaron todos los tipos de democracia liberal y sistemas tradicionales de partidos que existieron durante el siglo XX. Ninguno de ellos pudo ser capaz de solucionar las crisis sistémicas que se dieron a nivel político y, por supuesto, económico.

Fue la Revolución la que liberó al país de ese destino oscuro y aparentemente inexorable. Si bien la lógica de vanguardia forma parte de los valores políticos de la Cuba socialista, siempre es bueno precisar que no fue un Partido el que hizo la Revolución, sino que fue al fragor de ese proceso que se fue articulando un Partido único, una organización que concentró a todas las fuerzas políticas revolucionarias.

El Partido Comunista de Cuba no es un partido político en el sentido liberal que se le ha otorgado a los partidos: un mito ideológico, una falsedad en la que los partidos son meros instrumentos electorales. Los partidos son organizaciones de corte clasista que representan intereses de clases.

El nuestro representa un proyecto de nación específico que está asociado a la justicia social, a la soberanía, al antimperialismo; un proyecto de nación que enarbola los intereses de la clase trabajadora, del pueblo, lo cual es la mejor garantía para el ejercicio de la democracia real (que no se puede limitar únicamente a formalismos y rituales).

No es una organización supranacional, supraestatal o suprasocial, no es un contrapoder: es un cauce más para el ejercicio de la soberanía popular, sin equidistancia o contraposición con el Estado. Todo el sistema político socialista, en definitiva, responde al principio de la unidad del poder, de la indivisibilidad de la soberanía que reside única y exclusivamente en el pueblo.

No hay separación o partición de poderes, sino diferenciación de funciones para todos los componentes del sistema político.

El éxito del sistema de partido único radica en la capacidad de convencer a quienes habitamos Cuba, de que hagamos nuestro proyecto de vida en torno a ese proyecto común que es el socialismo, y que el modo de ver la realidad que necesita este modelo alternativo sea nuestro modo de ver, nuestro modo de asumir la realidad y, por supuesto, de tratar de transformarla. Es la función hegemónica del Partido, la que ejerce en el ámbito ideológico, su principal y más importante tarea.

Ni el PCC, ni ningún revolucionario deben trabajar desde o para la unanimidad, sino en aras de la unidad. Pero no una unidad en abstracto, sino precisamente la unidad de las personas que defienden un proyecto de nación específico, en oposición a otros proyectos de nación que se han probado en Cuba y que no han funcionado.

De ello depende el futuro de nuestro país y del sueño socialista que se nos ha entregado en fideicomiso.