La diplomacia de excelencia es darse a respetar

Mouris Salloum George 16 de noviembre 2020

“Hay una cosa más terrible que la calumnia: la verdad. La verdad es el mejor camuflaje, porque nadie la acepta”, dijo hace doscientos cincuenta años el marqués de Talleyrand, canciller de Napoleón, un diplomático de excelencia; palabras que resuenan proferidas los últimos días, en todos los tonos.


Por ejemplo, el Premio Nobel, Paul Krugman, evidenció que algunos acuerdos de Trump a lo largo de su cuatrienio con México, pudieron ser una base para enderezar su campaña reeleccionista. Los negocios de Estados Unidos con México registraron cambios, aunque algunos fueron más bravatas, como el Muro y las percepciones en algunos sectores, quedaron lastimadas por ello; sin embargo, otras, como la firma del T-MEC y su visión nacionalista, lo alejaron de escenarios bélicos, asunto de no poca importancia, ya que desde la segunda guerra mundial, es el primer presidente que giró la visión globalista.

Las disputas migratorias con México, las guerritas comerciales con su mayor acreedor, China, y las presiones para un impeachment dentro del congreso de su país, y que aunque después de tres años de investigaciones, resultaran ser falsas, abonaron para una imagen de fragilidad del republicano. El sistema político norteamericano, por supuesto, reaccionó desfavorablemente al presente cuando empezó a sacar las cuentas de lo que costaban los chantajes.

México, en el intercambio comercial y monetario entre los dos países, tendrá que considerar la dinámica que en suma son más de seiscientos mil millones de dólares anuales, incluyendo el turismo y las compras de los visitantes mexicanos; una cifra que es la que produce en la franja del Sur los puestos de trabajo. Una cifra que les hace recapacitar de cara a los nuevos tiempos.

Una coalición empresarial estadounidense llamada “aranceles afectan al interior del país”, defiende con bravura los intereses de mexicanos y chinos que comercian de aquel lado de la frontera. Las principales empresas mercantiles estadounidenses han exigido retirar los aranceles, porque están afectando al empleo, las familias y la economía.

En el caso mexicano, están conscientes de que las cosas podrían complicarse si las oficinas de negocios retiraran las importaciones de productos agropecuarios provenientes de las regiones del Oeste Medio, que favorecen normalmente las influencias de senadores republicanos, los cuales cotizan e influyen en ese Partido. O los mexicanos tomasen decisiones cruciales: que los ciudadanos y sus familias interrumpieran los gruesos flujos turísticos, que arrojan una cantidad impresionante de divisas, fortalecimiento de empresas y millones de empleos. Algo que nosotros juzgamos difícil de concretar, pero que allá produce dudas.

Los migrantes mexicanos podrían organizarse, parar la industria de la construcción y afectar con una huelga amplia la estructura agropecuaria y de distribución de alimentos en aquel país; imposible de imaginar para nosotros, posible para los analistas demócratas. Una duda que juega a nuestro favor.

La verdad es que en el caso mexicano, los estadounidenses están materialmente contra la pared; nuestro país no sólo es la joya de la hegemonía en Latinoamérica, sino la parte más importante de su supervivencia. Así como se oye: nunca han querido darse cuenta de que están en notoria desventaja, dadas las circunstancias.

Desde el cuestionado triunfo de Biden, los estudiosos americanos reflexionan y apuntan que agredir a los mexicanos, es agredirse ellos mismos. ¿Por qué los Estados Unidos –sabiendo que existe una dependencia estructural entre las demografías y las estructuras económicas de los dos pueblos– no tratan con respeto a México?, preguntó hace algunos años un estudiante mexicano de diplomacia al maestro Zbigniew Brzezinski, prestigioso halcón republicano. La respuesta del consuegro de Henry Kissinger no tardó, fue brutal y aleccionadora: “los Estados Unidos –contestó Brzezinski– respetan sólo a aquellos pueblos que se dan a respetar”, señaló quien fue uno de los operadores estrella del Golpe de Estado en Chile contra Salvador Allende.

Los mexicanos tenemos que darnos a respetar. Tenemos que ser congruentes con el mundo que nos tocó vivir; ha llegado la hora de no olvidar lo fundamental de la moral política y la dignidad que se desprende de la diplomacia militante.

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