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SIONAZISMO

IÑAKI GIL DE SAN VICENTE

EUSKAL HERRIA

ELSUDAMERICANO ⋅ JULIO 15, 2022

«El Trabajo Libera» escrito en los portales del campo de concentración y trabajo esclavo en Auschwitz

Texto escrito para el Foro La cuestión palestina y el uso del antisemitismo como intolerable chantaje. 14 y 15 de julio. Grupo Revista Al Zeytun/Clacso. Universidad de Luján. Argentina.


El racismo siempre debe ser combatido a muerte. Los millones de comunistas, anarquistas, socialdemócratas, de religión judía, de etnia gitana o eslava, con identidades polisexuales, con deficiencias psicosomáticas, simplemente demócratas o víctimas de venganzas mezquinas, son otros tantos crímenes imperdonables que nunca deben ser olvidamos o minusvalorados, y nunca justificados.

En 1942 F. Neumann estudió las raíces profundas del antisemitismo nazi:

«Martín Lutero fue el primer antisemita franco y apasionado. Advierte que los cristianos no deben discutir con los judíos sobre los artículos de fe. Mejor sería –dice- expulsarlos de Alemania […] El antisemitismo ha sido en Alemania una fuerza política desde las guerras napoleónicas. La época bismarckiana hizo de él un movimiento popular. »[1].

El salvajismo nazi no persiguió sólo a los judíos, sino a cualquier persona o colectivo que se les pudiera resistir. Pero del antisemitismo nazi adelantó comportamientos sociales que veremos desarrollados por el sionismo contra los palestinos, como este:

«Es dudoso que la mayoría de los alemanes compartiesen el obsesivo antisemitismo de sus dirigentes. En cambio, pocas dudas pueden quedar de que aceptaron la persecución de los judíos sin gran preocupación, tomándola como parte integrante de un sistema que les beneficiaba. Esta aceptación no se limitaba sólo a los beneficiarios más evidentes, como los “arianizadores” grandes y pequeños, los deudores, explotadores del trabajo en régimen de esclavitud y usuarios de los zapatos de los muertos. El antisemitismo era tan esencial para el régimen nazi que todo alemán que identificaba al régimen con el interés nacional aprobaba también la política antijudía»[2].

Veremos que la opresión y explotación de Palestina es «tan esencial» para Israel que la gran mayoría de su población judía la asume con normalidad. En la medida en que Israel no puede aplastar definitivamente a Palestina, esa normalidad se transforma en sionismo y, si la resistencia de las y los explotados sigue, franjas del sionismo pasan al sionazismo por lo que la crítica de esta fuerza ultra-reaccionaria debe integrar, además del análisis del imperialismo sionista, también el conjunto de instrumentos que emplea para destruir la «subjetividad» Palestina. Y por supuesto, estudiar los lazos psicopolíticos que unen esas prácticas criminales con el nazismo. En estos momentos, una parte creciente de su población gira hacia el fundamentalismo sionista como proyecto bíblico que, por su carácter divino, justifica toda la bestialidad inhumana de su política de exterminio racista del pueblo palestino:

« Como diría el líder del grupo fundamentalista Gush Emunim (“Bloque de los fieles”), Tvi Yehuda Kook (1891-1982), “Torah, guerra y colonización son tres cosas en una”. Y es que, además, la invasión y la ocupación reavivó el ímpetu sionista de maximalismo territorial proyectado en Judea y Samaria (como llaman los sionistas a Cisjordania): se encontraban, según el ideario religioso sionista, en el momento óptimo de “redimir el país”, es decir, de recuperar el Estado bíblico. Ello se conseguiría mediante la colonización de los nuevos territorios ocupados.»[3].

En 2004 Ur Shlonsky mostró que la existencia de Israel depende de la permanente actualización de tres principios: «1. La resistencia Palestina debe ser aplastada. 2. El apoyo público debe ser asegurado y se debe contar con la participación activa de al menos un sector de la sociedad israelí en forma operativa. 3. La crítica internacional debe ser silenciada.»[4]. No hace falta un mayor esfuerzo para descubrir el monstruo nazi que ruge en las tres tácticas en aislado y en su unidad.

Pues bien, un año antes de estas palabras, en 2003, la psiquiatra Samah Jabr, muy cercana conceptualmente a F. Fanon, escribió esto:

«¿Cómo puede ser que la palabra “terrorismo” se aplique tan fácilmente a los individuos o grupos que usan bombas artesanales, y no a los estados que emplean armas nucleares y otras armas prohibidas internacionalmente, para asegurar la sumisión al opresor? Israel, Estados Unidos y Reino Unido deberían estar a la cabeza en las listas de estados exportadores de terrorismo por recurrir a ataques armados contra la población civil en Palestina, Iraq, Sudán y otros lugares. Sin embargo, “terrorismo” es el término político que el colonizador utiliza para desprestigiar a las que resisten, de la misma manera que los afrikáners y los nazis califican de terroristas a los combatientes negros y franceses por la libertad […] la violencia puede ser el medio que un ser humano racional use para defenderse. Cuando una mujer reacciona violentamente ante una amenaza de violación, es una forma de yihad […] Tanto el derecho internacional como los precedentes históricos de muchas naciones reconocen a la población el derecho a tomar las armas para liberarse, cuando se encuentran bajo el yugo de la opresión nacional. ¿Por qué sería diferente en el caso de Palestina? ¿Las leyes del derecho internacional no pretenden ser universales?»[5].

En 2003 Palestina resistía con todos los medios posibles la redoblada agresión sionista que ya para entonces había construido una historia mentirosa de sus orígenes y por tanto de su legitimidad para defenderse con cualquier medio. La falsificación histórica se intensifico con la delirante y estrambótica sucesión de territorios de asentamiento de la «nación judía» barajados en su momento, entre los que se pensó entre otros también en Uganda y Patagonia, hasta que las potencias imperialistas del momento bajo las presiones británicas decidieron y pactaron en la Declaración Balfour de finales de 1917, que –«por culpa de Moisés– el lugar escogido era Palestina:

«Debemos tener muy presente, respecto al sionismo, que no se trata de haber efectuado una travesía conquistadora de la mano del Profeta Moisés, a un hipotético territorio que limitara con la actual Suiza e Italia. E incluso haber pensado en trasladar sus bártulos a Uganda o la Patagonia, es simplemente una ideología criminal que busca argumentos, excusas, apoyos y alianza para seguir usurpando territorios, sometiendo a la población palestina, agrediendo a Siria, El Líbano y servir a los intereses hegemónicos de sus aliados occidentales, signados por el lobby sionista allí donde su nefasta influencia se deja sentir.»[6].

La construcción de una historia adecuada a la legitimación de las atrocidades sionazis tuvo un impulso oficial en 1967 cuando arreciaron las denuncias internacionales contra los crímenes israelíes cometidos en aquella guerra. Hasta entonces, y según la investigación de Alfonso Bolado, las tres fundamentales razones eran el supuesto origen bíblico, el mito de la superioridad moral sobre los árabes, y la Shoah, es decir el injustificado e injustificable Holocausto nazi con sus millones de personas atrozmente exterminadas, de entre ellas centenares de miles de niños y niñas. Los tres eran puestos al mismo nivel, pero, como hemos dicho, tras las masivas denuncias por los crímenes judíos de 1967, el Estado decidió dar más importancia desde entonces a la Shoah[7] .La idea de la utilización propagandística del Holocausto también la encontramos en otros textos, como el de Nayef Hawatmeh sobre la «Visión Sionista»[8].

Roger Garaudy, dividió en 2002 los mitos fundacionales de Israel en dos clases y sobre todo cómo sintetiza la utilización criminal de esos mitos por Israel. En la primera entraban los mitos teológicos: el de la «promesa divina en la que entra la conquista, el del «pueblo elegido», y el mito de Josué o de la purificación étnica. La segunda los juicios de Núremberg, el del Holocausto, el mito de una «tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra». Por último, el autor pasa a analizar cómo el poder de Israel también se sustenta en lobbys israelo-sionistas de EE.UU. y Francia, y en el que canaliza la financiación exterior. Visto esto, comprendemos mejor su síntesis política expuesta con un crudo ejemplo expresado así en palabras del Moshe Dayan en 1982:

«Lo que nos hace falta es encontrar un oficial, incluso un simple capitán. Habría que ganarlo para nuestra causa, comprarlo, para que acepte declararse salvador de la población maronita. Entonces el ejército israelí entraría en el Líbano, ocuparía los territorios en los que establecería un régimen cristiano aliado de Israel, todo iría sobre ruedas. El territorio del sur del Líbano será anexionado totalmente por Israel»[9]

La burguesía sionista ha creado el mito de que su «nación elegida por dios», «el pueblo judío» sostenido con múltiples tergiversaciones y falsificaciones de la historia ya que «La Biblia es un relato de ficción y no existe base alguna sobre la que pueda apuntalarse en ningún momento cualquier gloriosa existencia del pueblo hebreo en Palestina»[10]. Luego, en 2008 la fundamental investigación de Shlomon Sand demuestra la falsedad del mito de la «nación judía» y del Estado de Israel que la ampara, encuadra y representa, por lo que estamos ante la «obra demoledora del sionismo»[11]. M. Arizaleta comentó así el libro imprescindible de Sh. Sand:

«En el afán por resucitar a Jerusalén se acudió a la arqueología, buscando en ella una base científica necesaria para apuntalar el epos sionista; la arqueología tenía ahora una función nacional. «Pero conforme la investigación arqueológica se fue independizando del dogma sionista la embarazosa verdad salió a la luz. Era imposible demostrar la veracidad del relato bíblico con hechos forenses. De hecho, la arqueología refuta la historicidad del argumento bíblico. Las excavaciones revelaron este incómodo hecho. La Biblia es un compendio de innovadora literatura de ficción». La Biblia es un relato de ficción y no existe base alguna sobre la que pueda apuntalarse en ningún momento cualquier gloriosa existencia del pueblo hebreo en Palestina.»[12]

Para 2008, según hemos visto hasta ahora, el sionismo tenía ya una concepción totalitaria y exterminista de los pueblos enemigos según las tesis más feroces de una Biblia empleada como supuesto «argumento científico» por la arqueología[13] sionista para justificar su expansionismo, ya que:

«En base a la biblia y las historias escritas por excelentes novelistas de varias épocas, se pretende justificar lo injustificable. Un supuesto «derecho divino» por el cual Dios le otorga la propiedad de una supuesta tierra prometida a un supuesto pueblo elegido. Que luego ese pueblo superior se ha visto obligado a emigrar para pagar sus pecados. Y que en 1948, salvo de pecados, llegaba la hora de la reconstitución de Israel.»[14].

El debate sobre el ascenso del sionazismo dio un salto en 2009 cuando el auge electoral de fuerzas entonces protonazis dirigidas por el violento racista Avigdor Lieberman[15] abría la posibilidad de su entrada en el gobierno. Para entonces ya era incuestionable que la mayoría de la población israelí era indiferente al asesinato de niños palestinos, como se había comprobado en su complicidad activa o pasiva durante la masacre de Gaza[16] en la que Israel utilizó bombas yanquis de fósforo blanco[17], indiferencia muy justamente interpretada como efecto del avance del sionazismo.

En ese momento se intensificaron los estudios críticos sobre la esencia patológica suicida del sionismo, al igual que el freudo-marxismo estudiaba la patología de la obediencia y el irracionalismo nazi-fascista desde la década de 1930. En el caso del sionismo su contenido patológico fue quedando al descubierto desde sus primeros días:

«La creación del Estado de Israel, en 1948, llegó acompañada de la limpieza étnica de 750 000 palestinos –más de la mitad de la población autóctona– que fueron expulsados de sus ciudades y aldeas, por la fuerza o mediante el terror sembrado a través de las matanzas planificadas contra los civiles, como la masacre de la aldea de Deir Yassin.»[18].

Samh Jabr denuncia el método sionista de emplear la «locura como estrategia de defensa» y lo grave que resulta que «el mundo comparta su delirio:

«En 1969, Denis Michael Rohan, un protestante evangélico de Australia, prendió fuego a la mezquita de al-Aqsa para acelerar la segunda venida del Mesías y crear una oportunidad para reconstruir el Templo judío. Rohan fue declarado enfermo mental y exonerado por sus acciones. En 2007, Julián Soufir confesó haber asesinado al taxista palestino Taysir Karaki, y declaró que no se sentía culpable, ya que consideraba a los árabes como ganado, y que sólo había disparado a uno de ellos […] Durante su juicio en 2008, el tribunal aceptó el testimonio de dos testigos de la defensa que afirmaron que Soufir no estaba totalmente “consciente” en el momento del asesinato, aunque él mismo explicó su motivo. Soufir fue absuelto […] El ejército, las instituciones y los individuos israelíes violan impunemente los derechos humanos de los palestinos»[19]

Fue en ese contexto de impunidad terrorista cuando sectores críticos empezaron a usar con frecuencia el término «judeo-nazi» que ya venía utilizándose desde hacía varios años en círculos minoritarios. En aquél 2009, Ury Avnery escribió sobre el avance del judeo-nazismo:

«En nuestra situación actual hay algunos indicios peligrosos. La última guerra mostró una decadencia mayor de nuestros estándares morales. El odio hacia la minoría árabe de Israel aumenta, y también el odio hacia el pueblo palestino ocupado que sufre una lenta estrangulación. En algunos círculos, el culto de la fuerza bruta gana en fuerza. El régimen democrático está en una crisis sin fin. La situación económica puede caer en el caos, de modo que las masas lleguen a ansiar un “hombre fuerte”. Y la creencia en que somos un “pueblo elegido” ya está profundamente arraigada.»[20].

Uno ejemplo de entre muchos sobre el empleo del método freudo-marxista para entender en sionazismo, es este:

«La sintonía entre el fascismo y el sionismo proviene de que comparten tanto el ser ideologías afines en relación con el racismo como de su visión pragmática e instrumental por encima de cualquier valor o principio ético. También es importante considerar cómo ambas se han servido de prácticas como la propaganda sistemática y continuada, o la manipulación emocional, o las alianzas económicas y de poder para ocultar sus objetivos e intereses […] Es probable que la clave esté en que, los mismos factores históricos, culturales, sociológicos y económicos que han posibilitado el ascenso de los partidos fascistas, estén detrás de la expansión sionista tanto en sectores populares como de izquierdas. La fabricación de individuos sumisos y obedientes es un factor que explica que las masas, sometidas a distintas formas de explotación actúen en contra de sus intereses o simplemente no actúen.»[21].

La definitiva creación del sionazismo fue reforzada por un endurecimiento nazi del sistema educativo y académico, y por una poderosa militarización con un formidable armamento nuclear para su pequeñez económica, demográfica y geográfica: siete centros nucleares y 400 bombas atómicas en 2005[22]. A la vez, el sionismo perseguía el libre pensamiento, y más el pensamiento crítico, dentro de su aparato de producción ideológica, que se denomina «academia». A mediados de 2006 la ofensiva sionista contra la libertad de pensamiento crítico en la academia[23] era tan sistemática que fue denunciada internacionalmente.

En 2007 se dispararon las alarmas sobre la «educación israelí en el odio» a Palestina, uno de los rasgos del nazismo en concreto y en general de la extrema derecha, además del racismo progresista burgués por mucho que intente ocultarlo: «Los libros de texto dedicados a los más pequeños tienden a describir los actos de los árabes como hostiles, desviados, crueles, inmorales, injustos, con la intención de herir a los judíos y de aniquilar el Estado de Israel. En este marco de referencia, los árabes son deslegitimizados con el uso de calificativos como ‘ladrones’, ‘sanguinarios’ y ‘asesinos’»[24].

Simultáneamente, el Estado sionista endurecía su guerra total contra Palestina. Hagamos un rápido seguimiento del «arma del agua» partiendo del hecho de que en 2004 la mitad de su población malvivía en la pobreza[25], generando graves «problemas mentales». Pues sobre esta realidad aplastante, en 2005 «En conjunto, los palestinos controlan y consumen el 11% de sus recursos hídricos naturales. Los israelíes consumen el 89% del agua de Palestina. El consumo per cápita de agua en Palestina e Israel refleja este desequilibrio. En Cisjordania y en la Franja de Gaza el consumo per cápita de agua es de alrededor de 60 litros al día, mientras que el de Israel es aproximadamente de 280 litros al día.»[26].

En 2007 Samah Jabr afirmó que:

«Las palestinas perciben la guerra de Israel contra ellas como un genocidio nacional […] es el ambiente violento en el que viven la mayoría de ellos, lo que mina la salud mental de los palestinos. La densidad de población, particularmente en Gaza -con 3.823 personas por km2- es muy elevada. La alta tasa de pobreza y de paro -67% y 40% respectivamente- minan la esperanza y deforman la personalidad. La guerra nos deja muchos prisioneros y exprisioneros, aproximadamente 650.000 personas, lo que supone alrededor de un 20% de la población. Un 6% de los palestinos tienen diversidad funcional o están mutilados. Hay encuestas recientes que han revelado un nivel preocupante de anemia y de malnutrición, especialmente entre los jóvenes y las mujeres»[27].

También en 2007 esta autora denunciaba agriamente el nefasto papel de la burguesía palestina:

«Cuando se está bajo ocupación, el poder pasa del ocupado al ocupante y los apoyos, postulados y proposiciones de este último se consideran bien fundados. Entre los ocupados, el poder se le da a una élite que apoya la ocupación y que acaba convirtiéndose en clase dirigente. Los hombres de negocios palestinos, por ejemplo, confían plenamente en sus homólogos israelíes. Algunas personalidades importantes de Palestina van a los hospitales israelíes y las ONGs palestinas dan mejores sueldos y mejores oportunidades de trabajo a los diplomados de las universidades israelíes»[28]

En las muy duras condiciones de 2007, la autora denunció la tortura sistemáticamente practicada por Israel, legalizada definitivamente en 2018. Entre 1967 y 2007 Israel ha detenido a 650.000 palestinos, aproximadamente el 20% de la población, y alrededor del 40% de la población masculina:

«El informe aquí expuesto trata de un caso de psicosis afectiva desencadenada tardíamente, con ideas delirantes y paranoicas síntomas de una profunda depresión. Esta patología es frecuente en antiguos prisioneros políticos que han sufrido torturas físicas y psicológicas […] un cierto número de disfunciones se atribuyen a la tortura: el trastorno de estrés postraumático, la psicosis, la depresión y la ansiedad […] la psicopatología desencadenada por la tortura posee un amplio espectro, desde síntomas sutiles como la apatía emocional, el encerrarse en sí mismo, los pequeños episodios psicóticos, la disfunción sexual o los recuerdos de eventos traumáticos que aparecen en forma de pesadillas, flashbacks o duras asociaciones, hasta síntomas graves como son los trastornos de la memoria, las alucinaciones, la incapacidad de mantener relaciones duraderas o una simple relación de intimidad, así como los cambios constantes de percepción y de afecto»[29].

La denuncia de la tortura en 2007 más la totalidad de su experiencia científica, llevó a nuestra autora a preguntarse en 2008 por la responsabilidad de la izquierda en tanta brutalidad, adelantándose a muchas reflexiones posteriores sobre el mismo problema como veremos inmediatamente después:

«Israel se estableció gracias a la cooperación de la izquierda con la burguesía y el imperialismo occidental. Es la izquierda israelí laica, y no los Haradim religiosos, la responsable de la expulsión masiva de las palestinas y de las masacres perpetradas por las milicias judías desde 1948. Cuando la izquierda israelí instauró el sistema de kibutz en las décadas de los 50 y los 60, los izquierdistas del mundo entero los saludaron como un modelo de trabajo equitativo e igualitario. Sólo los palestinos sabían que esos kibutz constituían hogares de acogida de los dirigentes responsables de la guerra y de la tortura y que infligían las peores formas de desigualdad a los habitantes nativos de Palestina […] Su conciencia está en sintonía con el equilibrio de poder, y no con cualquier sentido de la justicia. La facción que defiende la paz en Israel defiende una visión más que unos principios. Mucha gente de izquierda alimenta prejuicios y racismo contra los palestinos […] La mayoría son cómplices del sistema de ocupación. En Israel no cuesta mucho ser de izquierdas; al contrario, además de sus privilegios coloniales, pueden disfrutar de “excursiones de la paz” gratuitas y del negocio de la coexistencia»[30].


La demoledora crítica de Samah a la izquierda israelí es extensible prácticamente a la totalidad de izquierdas de los Estados que oprimen a otras naciones, colaboracionismo activo o pasivo, consciente o inconsciente sobre el que ahora no podemos extendernos. Centrándonos en el sionazismo, las relaciones entre el racismo sionista y el nazismo ya fueron analizadas con extremo rigor a comienzos de 2018, compenetración que se estrechaba en medio de «la impotencia de la izquierda»[31] que no podía o no quería o no sabía cómo luchar a favor de las naciones oprimidas por «su» Estado. Poco después, en 2020, se intensificó el debate y aunque parezca excesivo e injusto decirlo, hay que reconocer que es imposible que exista un «sionismo de izquierdas»[32] como fuerza de masas contraria al sionismo.

En 2008 era ya asumido internacionalmente que Israel utilizaba el arma del agua «como elemento geopolítico»[33]. En ese mismo año de 2008 se escribió lo que sigue: «En la Franja de Gaza, aunque la inmensa mayoría de la población está conectada a la red de agua, hay grandes problemas con su calidad. Un impresionante 90% del agua suministrada a los gazanos no alcanza los niveles que la Organización Mundial de la Salud ha fijado para el agua potable»[34]. A finales de 2015 se denunció con razón que estos y otros muchos ataques buscaban «estrangular la economía palestina.»[35], endureciendo e intensificando una estrategia de hambre y enfermedad en la que el control del agua era clave: en 2016 « Israel controla el 80% de los recursos hídricos palestinos. «Los 520.000 colonos israelíes usan aproximadamente seis veces más de agua que la utilizada por los 2,6 millones de palestinos en Cisjordania»»[36], y ahora mismo, en 2022, está contaminada el 97% del agua que consume Gaza[37]. Junto a la «guerra del agua», palestina era sometida a al «aislamiento más absoluto»[38] desde hace años: a comienzos de 2017:

«de los 600 megaWatts requeridos para alimentar la zona, solo se disponen 150. […] La falta de electricidad en Gaza, en medio del invierno, empeora aún más las condiciones de vida de sus habitantes, sometidos desde 2007 a un bloqueo por mar y tierra por parte de Israel. […] unos 60 mil abonados no están al corriente de pago y asegura que ello les impide comprar el combustible suficiente para la central.»[39].

A pesar de esta espeluznante injusticia, la moral de lucha palestina sufre fuertes altibajos y en palabras de Samah Jabr de 2014, el sionismo logra avances en la «opresión interiorizada»[40] mediante la interacción de diversos métodos: el colaboracionismo de las autoridades palestinas con Israel y la connivencia entre empresarios de un lado y de otro, la corrupción y el nepotismo clientelar, el papel de los medios de comunicación, el efecto integrador de las «donaciones» internacionales, la imposición en las escuelas de la historia creada por Israel pensada para destrozar la cultura palestina, etc.

Los sionistas se envalentonan cuando ven que la «opresión interiorizada» frena la lucha palestina y refuerza la explotación que sufren. Es así como se comprende la tranquilidad con la que los sionazis actúan, según nos lo explicaba Samah Jabr en ese mismo 2014:

«David D. Ovadia, francotirador de las Fuerzas de Defensa de Israel, se jacta de haber matado a 13 niños de Gaza en un solo día y promete matar a más. Durante las manifestaciones a favor de la guerra, los israelíes adoptaron una nueva canción, especialmente racista, en la que se burlaban de la muerte de los niños: “Mañana no habrá escuela en Gaza, no tendrán más niños”. Llevan camisetas con el dibujo de una mujer embarazada y una diana en el vientre, con el mensaje siguiente: “Una bala, dos muertos” […] El rabino Dov Lior, del asentamiento ilegal de Kiryart Arba, emitió una declaración en la que respaldaba la matanza de niños y otros civiles: “En una guerra, se nos permite castigar a la población enemiga con cualquier castigo que consideremos merecido, como negar los suministros o la electricidad, y también bombardear toda una región”» [41]

En 2015 fue denunciado el terrorismo de los colonos sionazis que campan a sus anchas siguiendo el sendero marcado por el «judaísmo mesiánico» de los colonos sionistas que campan a sus anchas

«Afirman que un «dios» les prometió la «tierra bíblica» de Cisjordania para el pueblo judío y que ven el triunfo de Israel en la guerra de 1967 como un signo de la redención mesiánica de los judíos […] Roban la tierra y aterrorizan a la población, sistemáticamente cometen crímenes contra los palestinos, incluyendo asesinato, hieren y queman a los pobladores, asaltan las aldeas y destruyen las viviendas y propiedades. Son miembros de una organización terrorista judía apoyada por el Gobierno, y por la gran mayoría de los israelíes y de los financistas sionistas extranjeros.» [42].

También es perseguida la parte del pueblo de Palestina que sigue malviviendo en sus territorios históricos, pero que fueron ocupados militarmente por la entidad sionista y que la ley internacional ha definido como «territorio de la nación judía»: una de las muchas expropiaciones nazis de casas y bienes de ciudadanos histórica y legalmente alemanes pero acusados de no ser racialmente germánicos desde 1933, se repitió en la entidad sionazi en diciembre de 2016: «sionismo en estado puro»[43].

Al igual que el sistema médico alemán colaboró con el nazismo en su gran mayoría, la medicina israelí también lo hace con el sionismo. En 2016 Samah Jabr denunció cómo la ocupación «contamina» el sistema médico. La autora estudia su comportamiento durante la brutalidad represiva:

«La ejecución extrajudicial es una política israelí reservada exclusivamente a los palestinos. Alrededor de 300 palestinos han sido asesinados por Israel en los últimos tres meses […] Aunque sea detestable, el anterior no es el único ejemplo de una medicina contaminada por la política en Israel. Existen informes recientes sobre hospitales de todo el país, especialmente en Jerusalén, que sugieren que es habitual separar a los pacientes árabes israelíes de los judíos israelíes, especialmente las madres jóvenes. Las mujeres palestinas están hacinadas y son acogidas en condiciones deficientes […] La actitud cruel del personal médico israelí hacia los palestinos es común y viene de largo […] las prácticas discriminatorias de los hospitales israelíes parecen irrisorias en comparación con los informes sobre los servicios médicos en las cárceles israelíes. Los presos políticos palestinos afirman que el personal médico y los torturadores son aliados en una misma misión, que es la de doblegar su voluntad […] los profesionales médicos comprueban si están físicamente aptos para ser torturados, o los reaniman para que la tortura pueda continuar»[44].

En 2017 nada menos que el 95% de los presos palestinos eran jóvenes[45] y de ellos, 483 eran menores de edad[46]. A lo largo de 2021 fueron asesinadas 355 con más de 16.500 heridos y heridas[47], y hasta el 1 de julio de 2022 Israel ha asesinado en seis meses a 70 palestinos, 14 de ellos niños[48]. La guerra de exterminio es total, no sólo con bombardeos, cañonazos, armas de precisión, etc., sino también por sed y hambre, y por enfermedades[49] perfectamente curables si el sionazismo no impusiese un asfixiante cerco de mortandad como ha vuelto a suceder con el sufrido con las vacunas COVID[50].Como los nazis en los campos de concentración, la industria farmacéutica israelí usa a presos palestinos como cobayas humanas[51] en una fecha tan actual como 2019.

Israel endurece la guerra cultural para desarraigar[52] del todo al pueblo palestino. Como toda guerra cultural y más en la fase actual del capitalismo, existe una integración muy ágil entre lo militar, lo financiero, lo político, etc.: los grandes tiburones como el Instituto George Soros[53], que mueven los hilos del capital financiero y ficticio por la estratosfera de la economía incontrolable para la mayoría de los Estados, saben cómo manipular, impulsar y teledirigir para sus intereses opresores componentes básicos de la cultura humana genérica pero descontextualizados de las realidades sociohistóricas.

Atrapada y cada vez más fisurada por la agudización de sus contradicciones históricas irresolubles, la burguesía sionista propietaria de un Estado creado por una «pandilla de ladrones»[54], recurre sin remordimientos a la masiva corrupción[55] interna y externa, y a la «violación manifiesta del derecho internacional»[56] como se ha demostrado en las trampas realizadas por Israel y la empresa vasca CAF al manipular en su beneficio los vacíos jurídicos que permiten a las grandes empresas burlar en su beneficio las propias leyes capitalistas. El sionazismo ve con extrema preocupación cómo desde finales de 2016[57] desciende el coraje, de la decisión de combate del Ejército israelí[58] en el que aumentan los suicidios[59], como su otrora temible y todopoderoso sistema policial que con su «larga e invisible mano»[60] lleva el terror a cualquier parte del mundo no puede evitar deserciones en cascada[61]… crisis parciales pero muy importantes que nos llevan a otra crisis cualitativamente más grave como es la «rotura de la entidad sionazi»[62]

El ente sionazi quiere salir de la crisis que le atenaza descargándola sobre el pueblo de Palestina y sobre la clase trabajadora, convirtiéndose a la vez en el ejército exterior de la OTAN más potente, especializando su economía en la muy rentable rama industria de la matanza humana, ya que:

«Estados Unidos le da a Israel 3.800 millones de dólares al año en ayuda militar. Sin embargo, Israel gana más de 1.000 per cápita a través de sus negocios de armas, varias veces más de lo que gana Estados Unidos.»[63].

La permanente ayuda yanqui es ampliada por la ayuda europea que, por ejemplo en verano de 2016, se especializaba en drones pero sobre todo en técnicas de segregación racial y de manera muy significativa de métodos de tortura[64]

Otro de los servicios que el Estado sionista cumple para el imperialismo es el de experimentar formas de apartheid de pueblos rebeldes adecuadas a las necesidades del imperialismo: un exembajador israelí[65] en Sudáfrica entre 1992-94 comprendió que, efectivamente, la política de apartheid, control, represión y extermino que su Estado aplicaba contra Palestina mostraba el camino a la misma política atroz del racismo blanco en Sudáfrica. De hecho, entre ambos Estados criminales existió «una historia de larga amistad»[66]

La manipulación del derecho de autodeterminación de los pueblos, es otro instrumento de la estrategia sionista:

«La idea de «derecho de autodeterminación de los judíos» es una formulación ideológica propia del movimiento sionista, y por tanto legítimamente criticable como cualquier otra opción política. Sobre todo cuando su implicación práctica no es sino el «derecho» a colonizar el territorio de Palestina, privando a su población nativa, a su vez, del derecho a existir y tener derechos en su propia tierra. El proyecto sionista, como todos los demás «derechos» coloniales, se sustenta en un relato que legitima la superioridad moral y civilizacional de los colonizadores sobre los colonizados. Lo que no puede ser calificado sino de racista, si entendemos el racismo como la naturalización de una relación de opresión y desigualdad en función de características étnicas, nacionales, religiosas y/o culturales.»[67].

[1] Franz Neumann: Behemot. Pensamiento y acción del nacional-socialismo. FCE. México 1983, pp. 134-135.

[2] Richard Grunberger: Historia social del Tercer Reich. Ariel Historia. Barcelona 2009, p. 482.

[5] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, pp. 28-31.

[9] Roger Garaudy: Los mitos fundacionales de la política israelí. 2002, p. 107 disponible en https://www.rebelion.org/docs/121989.pdf

[11] José Welmowicki: La invención del pueblo judío. Marxismo Vivo, San Pablo – Año VI – N.° 5, p. 155-165 – Marzo de 2015, disponible en la red.

[19] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, pp. 81-82.

[27] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, p. 38.

[28] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, p. 44.

[29] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, pp. 47-52.

[30] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, pp. 58-59.

[40] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, pp. 75-80.

[41] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, p. 88.

[44] Samah Jabr: Tras los frentes. Crónica de una psiquiatra y psicoterapeuta bajo ocupación. Hojas Monfíes, Granada 2022, pp. 121-124.

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